viernes, 23 de junio de 2017

Italoamericano



"-El crimen perfecto no existe –dijo Tom a Reeves-. Creer lo 
contrario es un juego de salón y nada más. Claro que muchos 
asesinatos quedan sin esclarecer, pero eso es distinto.
PATRICIA HIGHSMITH 
El amigo americano (Ripley’s Game)


Hasta hace menos de una semana, el Loser Blog&bar no tenía nuevo cóctel con el que cumplir la tradición de servir uno distinto cada Noche de San Juan. No es que hayamos agotado, ni remotamente, todos los cócteles conocidos, pero sí aquellos que forman parte de la personalísima carta de este local, los que sabe elaborar y disfrutar el tipo que regenta su barra imaginaria esmaltada de literatura. Todo parecía indicar que tendría que recurrir al gintonic, que no es un cóctel en su estricto sentido, pero que desde luego es bebida que le ha proporcionado a este humilde webarman una cierta reputación como hacedor de pequeños milagros alcohólicos. Entonces el escritor Justo Navarro vino a rescatarme del apuro permitiéndome hacer público un cóctel de su creación: el Italoamericano. Esta es, pues, una ocasión muy, muy especial.

En cierto sentido, podría parecer que el Italoamericano es una variante del Manhattan, al sustituir el vermut por Campari, prescindir del golpe de angostura y añadirle un trozo de corteza de naranja. Pero en el sutil arte de la coctelería cada modificación de los componentes de una receta es en sí misma causa de un efecto mariposa capaz de generar toda una cadena de matices distintos tanto en el sabor como en los espacios de la imaginación que abre con el primer trago. Por ejemplo: así como el Manhattan me trae a la cabeza un aluvión de escenas con la Gran Manzana como telón de fondo cinematográfico, el Italoamericano me hace pensar de manera automática en ciudadanos estadounidenses gozando de una estancia en la Italia de los años cincuenta, en su condición de viajeros, claro está, no de turistas (para la diferencia entre unos y otros, consultar Paul Bowles, El cielo protector, 1949).

Con Justo Navarro en la presentación de Pasadizos, marzo 2011

Pero no puedo continuar sin explicar antes cómo se prepara un buen Italoamericano, de acuerdo con las indicaciones de su propio inventor (quien durante un tiempo se refirió al cóctel con el nombre de Milano-Kentucky): en vaso mezclador con hielo, verter dos tercios de bourbon (Jim Bean) y uno de Campari. También en este caso, como en el Manhattan, el tiempo que la mezcla permanece en contacto con el hielo es capital: el imprescindible para que el frío se transfiera plenamente al líquido sin que llegue a añadirle una sola gota de agua. Servir en copa o vaso adecuado, retorcer sobre el líquido un trozo de cáscara de naranja y dejarlo caer luego en la copa. Se contempla un momento el resultado y se empieza a beber. Ese tiempo que tarda en enfriarse podría medirse con una oración. Yo prefiero hacerlo con un poema, de Justo Navarro, por ejemplo, y del libro que ahora mismo tengo junto a mi Italoamericano, Mi vida social (Pretextos, 2010), pongamos por caso el que acaba así: “…que el deseo imposible es triste, / y es el pasado el más / imposible de los deseos.”

El segundo cóctel me trae el recuerdo de Tom Ripley, el personaje fatal creado por la inquietante Patricia Highsmith. De Highsmith escribió Justo Navarro que “poseyó el don de presentar los pensamientos perturbados con la misma ecuanimidad que merecen los más razonables”, y de Ripley, que es el “asesino triunfante, insolente y audaz”. El Ripley en el que pienso no pudo beberse, naturalmente, un Italoamericano, por razones cronológicas evidentes. Pienso en su primera aventura, de 1955, donde despliega todo su mortífero talento a pleno sol. Lo veo en Mongibello, una localidad al sur de Nápoles, adonde ha llegado con el encargo de convencer al joven millonario Dickie Greenleaf para que vuelva a los Estados Unidos. Lo veo también, más tarde, en San Remo, en Palermo, en Roma, en Venecia. Lo veo haciéndose amigo de Dickie, desdoblándose, imitando voces y firmas, lo veo conduciéndose con una fría inmoralidad, matando en el mar y también en un apartamento de Roma, y deslizándose a través de las sospechas sin que ninguna llegue a prender en él, y finalmente lo veo heredando. Se bebe mucho en El talento de Mr. Ripley: gintonic en la neoyorkina primera página, Martinis, sobre todo, algún Bloodymary, chianti… Ya hubieran querido conocer entonces sus personajes el Italoamericano, cuyo creador, por cierto, y entre otros espléndidos libros, es el autor de la mejor novela negra que se ha publicado en España en los últimos años: Gran Granada (Anagrama, 2015).

Alain Delon (Ripley).  Plein soleil, 1960

La idea del arribista que logra meter la cabeza en el ambiente de los millonarios y que, temeroso de perderlo todo de golpe, acaba por cometer un crimen, está en Una tragedia americana, de Theodore Dreiser, que Highsmith traslada a Italia treinta años después. Ripley sería un Clyde Griffiths que sí mata en un bote de remos, no solo lo planea, y no a una mujer humilde, sino al tipo al que desea suplantar, y que se libra de todo castigo, al contrario que el protagonista de Dreiser, a quien condenan a muerte sin haber cometido el asesinato. La primera versión cinematográfica de la novela de Highsmith se tituló A pleno sol, con Alain Delon como un sensual Ripley (René Clément, 1960); la mejor versión en cine de Una tragedia americana se tituló Un lugar en el sol, con un inconmensurable Montgomery Clift (George Stevens, 1951).

El Italoamericano deja en la boca un persistente –y placentero- sabor amargo. Es a causa del Campari. Literariamente, se trata de ese amargor de las historias turbias, como las de Ripley, como la de Gran Granada, de los ambientes donde el crimen encuentra acomodo, de esas zonas oscuras de la vida donde no llegó a madurar la bondad. Es un amargor enrojecido por el pecado, si se quiere: se trata de la parte católica que le aporta al cóctel su lado italiano; el bourbon, por el contrario, tiene la reciedumbre del pionero protestante que anda algo apartado de la Biblia, el calor del fuego bajo las estrellas, el crujir de las hojas secas en el maizal. Y entre uno y otro, la dulce acidez de la naranja, casi inapreciable, apenas una traza, un querer y poder oculto en el sabor.

¿El mejor Italoamericano posible? Bueno, encontrar el equilibrio del Campari –no pecar ni por defecto ni por exceso- es fundamental. Pero en cualquier caso, el mejor Italoamericano será siempre el que se comparte con un amigo.

¡Salute!



Matt Damon (Ripley) y Jude Law (Dickie) en El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999)

viernes, 16 de junio de 2017

"La belleza de la fragilidad"

Con la penetración que les es propia a los grandes lectores, Marta Rodriguez descubre en La Voz de Almería una de las claves de La flores suicidas: la belleza de la fragilidad (que lleva implícita su imagen especular: la fragilidad de la belleza). Inmensamente agradecido, Marta.


jueves, 8 de junio de 2017

La esfera de sus plumas


Varias noches he soñado que doy de comer a las palomas. Estoy sentada en un banco del parque, cerca de la zona recreativa donde juegan con felicísimo alboroto los niños, y las palomas, no más de veinte o veinticinco, acuden resueltas al reclamo de la bolsa que llevo en la mano. Les lanzo migas de pan o puñados de maíz y ellas se acercan con ese movimiento ritmado de sus pasos y su cuello hasta formar una emplumada y cenicienta muchedumbre que bulle y picotea como si estuvieran entre todas desnudando el hambre, o linchándolo. Si arrojo el alimento en otra dirección, siempre hay dos o tres que se adelantan a las otras, y les basta apresurar su caminar para que de manera refleja se acompase el altivo vaivén de su cabeza, se acelere igualmente, como si respondiera a un mecanismo de impulsos mutuos, la alternancia de sus patas y la sacudida hacia adelante de su cabeza, y al cabo de unos segundos están ya todas juntas otra vez, picoteando el suelo. El sueño es ese, nada más, y la algarabía de los niños en los columpios y toboganes, tropezando, cayendo sin daño contra las losetas de caucho. Yo nunca les di de comer a las palomas, pero todo cuanto aparece en el sueño es tan preciso, tan verosímil, como antes se nos antojaba la realidad: los colores, los ruidos, la falta de miedo, la inocencia de las palomas, el aire.
En este otro mal sueño que es ahora la vida verdadera, el tiempo discurre al margen de los calendarios, y el reloj solamente tiene sentido para medir las ausencias de Abel. Hablo por mí y por él, que es la única persona con la que me relaciono desde hace tanto, pero sé que es lo mismo para todos en la ciudad desolada. Abel regresa con comida -poca, las más de las veces- y me lo dice, y a él se lo dicen los que le acompañan en la batida, siempre los mismos: parece que todo hubiera comenzado hace años, pero es imposible. Ocurre que al convertirse la anormalidad en costumbre, el tiempo ha desbordado en nuestras mentes la convencionalidad de sus cauces. Hay vagamente un ayer y la probabilidad rutinaria de un mañana, pero, más allá de eso, pasado y futuro son una misma vastedad anegada. En realidad, se tuvo noticia de las primeras muertes a mediados de primavera, y dudo que haya terminado ya el otoño.
(...)

"La esfera de sus plumas" es el primer cuento de 
mi libro Las flores suicidas, y este es su comienzo.

lunes, 29 de mayo de 2017

Carpentier a tiempo

El último libro que me recomendó un gran amigo me ha devuelto al territorio de la literatura latinoamericana, en el que casi tuve fijada mi residencia entre los veinte y los treinta años. “Acabo de releer Guerra del tiempo, de Carpentier. Qué relatos!!!”, me escribió este amigo, y añadió: “Juan, hubo un día en que se escribía”. “Hubo un día en que se escribía, se pintaba, se componía, se hacía cine…”, le contesté yo. “Oui. Incluso se pensaba”, respondió.

En su momento, como digo, devoré las obras de muchos de aquellos irrepetibles escritores  argentinos, peruanos, cubanos, colombianos, uruguayos, mejicanos, todos reunidos bajo una misma identidad latinoamericana y en el marco de un boom literario donde tenían cabida los recién llegados en los sesenta y los que venían escribiendo desde décadas atrás. Yo vivía a caballo entre sus novelas y cuentos y las obras de los autores norteamericanos de la primera mitad del XX, de los que me iba nutriendo igualmente, todo ello sin dejar de atender también lo que hacían los nuevos narradores españoles. ¡Años fecundos en lecturas, sin duda!

Leí infatigablemente, pues, a Cortázar, claro, Julio tan querido; a García Márquez, que con sus Cien años de soledad me abrió el camino a todos los demás; a Onetti, de lenta y exacta palabra, a Rulfo, lacónico genial, a Sabato, a Borges, a Vargas Llosa, a Fuentes, a Benedetti, y más tarde a Daniel Moyano, el de menos fortuna y más sensibilidad, pues no en vano su formación era musical, a Bryce Echenique, de exagerada vida y excelente prosa (solo he conocido personalmente a Moyano, ya fallecido, y a Bryce), algo de Bolaño, cuando lo leyeron todos, con una breve pero fructífera visita a Bioy Casares hace tres años apenas. Me faltaron algunos autores, y entre ellos nada menos que Alejo Carpentier.

La vida –sobre todo si es exagerada - te reserva encuentros tardíos que llegan cargados de nostalgias de lo que no fue entonces pero puede ser ahora. Me hice con Guerra del tiempo cuando ya no había posibilidad de decirle a mi amigo cuánto logró impresionarme el primero de los relatos: Viaje a la semilla. Y aún así se lo dije, de alguna manera –esto mismo que escribo es otra forma de volver a decírselo-, y naturalmente mi valoración se quedó corta y a la vez pareció, también, exagerada: como la vida misma.

¿Puede haber en literatura algo más atrevido que hacer avanzar una historia… hacia atrás? Carpentier logra una obra maestra que crece a cada párrafo en exitoso atrevimiento, y el lector se pregunta, asombrado, hasta dónde podrá llevar su propósito: Un viejo caserón que está siendo demolido empieza a reconstruirse por sí solo, las tejas que habían ya caído ahora se ven “levantadas por el esfuerzo de las flores”, los cirios colocados alrededor de un cadáver velado en su lecho “crecieron lentamente, perdiendo sudores”, la casa se vacía de visitantes, el muerto no se siente bien, transcurren meses de luto por su esposa, quien, al final de la página siguiente, muestra un creciente rubor de recién casada, “cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos”, y después ambos acuden a la iglesia a recobrar su libertad, y los anillos son llevados al “orfebre para ser desgrabados”, y más adelante –más atrás- se celebra un “sarao” para celebrar una minoría de edad, y hay exámenes, y Reyes Magos, y los muebles se hacen cada vez más grandes, y se vuelve a los soldados de plomo… ¿Hasta dónde puede llevar su juego genial Carpentier? ¿Hasta dónde puede burlar el tiempo?

De esto último el escritor cubano da buena muestra en los otros dos relatos, Semejante a la noche y El Camino de Santiago, y, más allá de este libro, en el que he leído después, Concierto barroco, donde es perfectamente posible –real maravilloso, lo llamó el propio Alejo Carpentier- que después de una enloquecida fiesta de carnaval veneciano en la que participan Antonio Vivaldi, Doménico Scarlatti y Jorge Federico Haendel, el sirviente de un indiano que ha participado con ellos de la farra y de la música se quede en Europa y asista a un concierto de Louis Armstrong: antes, despide a su amo en los andenes de la estación, mientras el tren se desliza ya: «-“¡Adiós!” – “¿Hasta cuándo?” – “¿Hasta mañana?” –“O hasta ayer…” –dijo el negro…».

Abierto a cualquier nueva recomendación, avanzo ya, devoto de este autor, por las páginas de La consagración de la primavera. Qué pequeño, que desmañado, qué fácil parece cualquier otro libro de ficción que uno se eche a los ojos al lado de las obras de estos titanes de la palabra, de la imaginación, de la arquitectura narrativa. Qué apuro el dar a estas alturas unos cuentos a la imprenta…

viernes, 26 de mayo de 2017

Entre los carriles de las vías del tren

Los científicos acuerdan que el impacto de la acción del hombre sobre la Tierra es tan profundo que el Holoceno debe dar paso a una nueva época geológica: el Antropoceno. Por qué Pekín está instalando armamento en sus controvertidas islas artificiales del Mar de China Meridional. El Reloj del Juicio Final: ¿por qué un grupo de científicos cree que estamos treinta segundos más cerca del fin del mundo? El hielo del Ártico alcanza un nuevo mínimo histórico en invierno. EEUU lanza sobre Afganistán la bomba no nuclear más potente de su arsenal. Turquía y Estados Unidos elevan la tensión en la frontera turcosiria. Japón despliega por primera vez su mayor barco de guerra para escoltar a portaaviones de EE.UU. Despliegue militar en el Báltico ante la amenaza rusa: España manda carros blindados y cazas. Corea del Norte dice que los vuelos de EE.UU. acercan a la península al borde de la guerra nuclear. China pide a Washington que retire su escudo antimisiles de Corea del Sur. EE.UU. realiza un ensayo con un misil balístico intercontinental. EEUU intercepta por primera vez cazas y bombarderos rusos cerca de Alaska. Stephen Hawking: «Debemos abandonar la Tierra en cien años». Una experta advierte de que glaciares de todo el mundo están desapareciendo. EE.UU. envía por primera vez un buque de guerra a las aguas en disputa con China…

Son titulares de noticias aparecidas en los últimos meses, la mayoría en las últimas semanas o días, en medios como eldiario.es, BBC, El Mundo, Antena 3, ABC, La Razón, La Vanguardia o Europa Press. Están ordenados cronológicamente. Podría haber buscado un cierto efecto  dramático dándoles otro orden, o haber retrocedido más en el tiempo. Ninguna de las dos cosas era necesaria. He comenzado justo en la cuestión del Antropoceno (septiembre de 2016) y he terminado en ayer mismo. El resultado no cambiaría, y me lleva al sentido con el que he usado una cita de Gómez de la Serna para dar título a uno de los relatos de mi libro, y a partir de él al propio libro: «Entre los carriles de las vías del tren crecen las flores suicidas».

La advertencia del astrofísico Stephen Hawking me la envió como mensaje de texto un amigo justo mientras contemplaba las fotografías de Sebastião Salgado para su proyecto Génesis, expuestas en La Rambla de Almería. Imágenes de una belleza sobrecogedora que nos muestran lugares de la Tierra intocados por la acción del hombre moderno, espacios remotos, inmensos y en silencio, excepto por los sonidos -imaginamos- propios de la naturaleza, un río serpenteando entre montañas en la cordillera de Brook, en Alaska, un asombroso iceberg en el mar de Weddell, en la Península Antártica, la cola gigantesca de una ballena franca austral emergiendo fuera del agua en la Península de Valdés, Argentina, grandes dunas entre Albrg y Tin Merzouga, en Tadrart, Argelia, todo como suspendido en un tiempo muy alejado del nuestro, todo como recién creado en su magnificencia, incluso los pueblos primitivos sorprendidos por la cámara de Salgado sesteando desnudos entre palmas en una selva amazónica o mostrando sus adornos labiales en un poblado de Etiopía; incluso los miembros del pueblo nénet viajando en sus trineos tirados por renos al norte del río Ob, en la Península de Yamal, Siberia.

¿Disponemos de solo cien años para buscar otro planeta? ¿Mejor que este? ¿Cuál? ¿Dónde? ¿A qué distancia? ¿En qué naves llegaríamos, si vamos al caso? Es absurdo. Jamás encontraría el ser humano un lugar como la Tierra, y si la hemos herido hasta el extremo de ver amenazada nuestra continuidad… Bueno, eso no diría nada bueno de nosotros como especie, nos convertiría en una plaga, en una enfermedad que se ha adueñado de un cuerpo. Para su propia desventura, claro.

Arte en la calle. Génesis. Sebastião Salgado. Obra Social "la Caixa"
Mirador de la Rambla. Almería. (JFH)

miércoles, 17 de mayo de 2017

Teoría y práctica de la portada

Me refiero a la portada de un libro, claro. Y no la de cualquier libro, sino la de este libro en particular, que no lo será en su estricto sentido hasta dentro de unas semanas, pero que ya ha empezado a asomar su rostro, tanto tiempo reservado a los más íntimos.


Confieso que me gustó su diseño minimalista ya antes de que mi nombre y el título del libro, Las flores suicidas, estuvieran integrados en él, pues la editorial Talentura viene utilizándolo desde 2015 en todos sus libros de relatos, concediéndole a cada uno la identidad de un color distinto. Me intriga esa sencillez conceptual donde la palabra y el signo tienen todo el protagonismo, ese guiño ladeado (al lector) en que se ha convertido el punto y coma según moderna simbología, todo ello blanco y negro sobre fondo que en heráldica sería un esperanzador campo de sinople. Frente a la tiranía de la imagen (puro abigarramiento en anaqueles de librería), pienso que si se pudiera extender la filosofía Feng-Shui a las cubiertas de los libros, el Chi o energía vital circularía a sus anchas en esta, lo que en definitiva constituye la mejor invitación a abrir la puerta y adentrarse en las cinco historias que contiene el libro.

Por lo demás, las cosas del otro lado, que como pulso herido rondaba García Lorca –y luego también, según confesión propia, Julio Cortázar-, han empezado ya a dejarse notar en esta publicación. Hace un par de semanas descubrí casualmente que existe un movimiento social internacional llamado ‘Proyecto Punto y Coma’ (‘Project Semicolon’) que propone el tatuaje de este signo ortográfico como muestra de apoyo a la lucha contra el suicidio y a favor de su prevención. Dicen sus promotores que el punto y coma equivale a una negativa a terminar una frase, siendo esa frase la propia vida. Lo cierto es que en 2015 Talentura, al adoptar este signo en el diseño de sus portadas, no podía imaginar que dos años después enmarcaría un título como el mío, de la misma manera que cuando yo anoté hace veinte años este título para un libro futuro no tenía la menor idea de que alguna vez ese libro sería publicado por Talentura, ni de que llegaría a existir un movimiento llamado ‘Proyecto Punto y Coma’, ni de que la editorial que lo publicaría iba a adoptar este signo como elemento característico de sus portadas sin conocer tampoco, a su vez, la existencia ni del ‘Proyecto Punto y Coma’ ni de mi libro… En fin. A estas cosas le llaman frecuentemente coincidencia, casualidad, azar.

En cualquier caso, para finalizar esta teoría y práctica de la portada dejo un segundo ejemplo de otro feliz minimalismo conceptual: el bookcover diseñado por Adronauts para 1984, de George Orwell (por cierto, que una cita orwelliana juega un importante papel en el último relato de mi libro, el que le da título, precisamente).


viernes, 12 de mayo de 2017

Michael Thomas y Las cuatro estaciones


En un artículo que escribí el verano pasado para un periódico local señalaba que Michael Thomas dirige la Orquesta Ciudad de Almería sin valerse de la acostumbrada batuta, acaso porque así lo hayan pactado sus manos con el violín y el arco: guardar una fidelidad de manos desnudas en la materialización de la música, o quizá para no privar a una de ellas de la libertad de que goza la otra en cada indicación delicada o impetuosa. Frente a los músicos y de espaldas al patio de butacas, la figura de Michael Thomas resulta tan apasionadamente expresiva en los movimientos con los que moldea la armonía que surge de la suma de todos los instrumentos, tan involucrada en cada uno de los instantes de cada una de las obras que la orquesta interpreta, que uno diría que mientras dura el concierto permanece a medio camino entre la presencia corporal y la transmutación en música: Michael Thomas es, en efecto, la música que dirige cuando se crece en la tarima con los brazos alzados, al inclinarse delicadamente para marcar la atenuación de un pasaje, en el perfil atentísimo que nos muestra cuando se vuelve a un lado o al otro para ayudar a matizar la espléndida revelación de los violines o de los chelos.

Esta semana he tenido el privelegio de volver a verlo interpretando, en su condición de violinista solista, Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, junto con varios músicos de la OCAL a los que, dentro del mismo programa, dirigió previamente en la Suite burlesca de Don Quijote en Sol mayor, de Teleman. En la palabra interpretación cabe una cuidada puesta en escena acorde con el marco en que tuvo lugar, las XXXIV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería; es decir: un vestuario barroco, luz de velas, versos de Shakespeare relacionados con las estaciones del año, leídos por una actriz en el papel de Anne Hathaway, la esposa del Bardo de Avon –de cuya muerte se cumplieron 400 años en 2016-, y una determinada manera de hacer suyos, de traducir a su propia sensibilidad, los doce movimientos en que están divididos estos cuatro conciertos del compositor veneciano.


A esta obra le debemos muchos el haber aprendido a amar desde niños la música clásica. Naturalmente, la he escuchado infinidad de veces, tres de ellas en directo (Ara Malikian en su espectáculo para niños y el propio M. Thomas en el 2012), y siempre es la misma emoción de recuperar algo que se siente como parte de uno mismo, así de interiorizados tenemos algunos pasajes concretos. A través de Michael Thomas –y a través del conjunto de los músicos que lo acompañan- volvimos a identificar en la primavera el canto de los pájaros, el cristalino rumor de un arroyo, el eco de una tormenta, la plácida siesta de un pastor, la danza campestre; en el verano, un sofocante, denso, fatigoso calor, el canto de la tórtola y el jilguero, los truenos que anuncian tormenta estival, su impetuoso estallido, la oscuridad repentina, los rayos haciendo trizas luminosas el cielo; en el otoño, con la alegría de la cosecha, reconocemos la danza de los campesinos, la embriaguez de uno de ellos, ralentizando con torpeza beoda el arco y desequilibrando al violinista, el sopor del vino, y más tarde la partida de caza, los perros corriendo hacia el bosque amarillo; en el invierno, el tiritar de frío, el calor que se busca golpeando con los pies el suelo, la tormenta de nieve, la lluvia al otro lado de la ventana mientras en el interior danza el fuego en la chimenea, el cuidado con se camina sobre el hielo, el viento tras la puerta al regresar a casa.

Mágica música inmortal, y mágica la interpretación de Michael Thomas y el resto de los músicos de la OCAL. El bis, acabado el concierto, me proporcionó la oportunidad de grabar al intérprete en el trance de desencadenar furiosa y apasionadamente una gran tormenta de verano.




Fotos y vídeo: JFH

viernes, 5 de mayo de 2017

Proximidad de las flores (suicidas)

A Raúl Ariza, que tendió puentes

Este año mayo será el mes de las flores suicidas, casi noto su olor a libro recién impreso, a papel intocado por el polvo. Talentura, la editorial, ¿qué es ya sino una tura añadida a las turas referidas por Julio Cortázar en Rayuela, capítulo 73?: «Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas»; de este modo queda constancia también de la madre de todas las turas: la aven(talen)tura de editar buenos libros en la España actual.

Vendrá la muerte y tendrá tus pétalos, podría haber escrito Cesare Pavese, caso de tener noticia de las flores suicidas. Por ejemplo, de la flor virginiawoolf, que sin el plomo en los bolsillos se ahoga despacio y a la deriva, como recostada en mullido, húmedo y fresco espejo de la superficie...


... de la flor ofelia, oh «¡Desdichada Ofelia!, demasiada agua tienes ya; por eso quisiera reprimir la de mis ojos…», Hamlet, acto cuarto, escena XXIV, que privada de la razón floral se deja caer al arroyo y abre ondas cristalinas en el cielo reflejado en él, también sin hundirse, melancolía de la levedad sostenida por la trasparencia sin testigos...



… de la flor de acantilado, que se asoma al vacío y en un arrebato decimonónico acaso ceda a la tentación de hundirse esta vez sí, sin remedio, en el aire, de despeñarse, como en aquella sátira al óleo que vimos el pasado verano en el Museo del Romanticismo, en Madrid: inclinar en el borde su delgadez de artista cubierta por blanca camisa, los ojos vueltos, el brazo estirado en el gesto de querer asegurar con el puñal el trabajo que la caída desde lo alto pudiera dejar a medias, ¿no es la corola de la amapola un anticipo de herida?...  


…de la flor que crece entre los carriles de la vía del tren, la flor de la que surge el título del libro, al fin y al cabo, la flor registrada en gregería por Ramón Gómez de la Serna, flor tolstoiana donde las haya…


Volvamos a Pavese: «gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de “contarla”, sólo puede llegar al suicidio por imprudencia».

Qué es el agua, el barranco, las vías del tren, sino la metáfora de una larga imprudencia… Gente como nosotros, todos nosotros, cada uno de nosotros.


FOTOS: JFH

domingo, 30 de abril de 2017

Un apasionado orfebre de la literatura: Miguel Naveros


Con motivo de la publicación de su primera novela, La ciudad del sol (Alfaguara, 1999), Miguel Naveros quiso dejar claro que no había llegado a la literatura a través del periodismo, sino que se trató de un camino inverso. La literatura significa para mí, añadió, una forma de vivir a través de la poesía. De ahí que siempre sostuviera, en público y en privado, que no escribía para nadie, salvo para sí mismo. Con ello quería decir que el gusto cambiante de los lectores no intervino nunca en su trabajo creativo, que no se paraba a pensar en quiénes podrían o no comprar un libro suyo, y que todo el esfuerzo que es necesario invertir en la construcción de ese mundo imaginario que contiene una novela para él sólo estaba justificado por el afán de hacer algo que fuera enteramente del autor, en motivaciones, contenido y forma.

El futuro estudioso de la obra del escritor y periodista Miguel Naveros se encontrará con que toda ella, de algún modo, constituye una unidad coherente donde cada uno de sus libros, y tal vez incluso de sus artículos, es una pieza matizada que le da sentido al conjunto. Ese futuro estudioso desentrañará una urdimbre de remisiones, analizará no sólo la sólida estructura de cada una de sus novelas y relatos, sino también esa estructura mayor que los une. Así, en el poemario Trifase, de 1988, el Naveros poeta asegura que la novela que más de diez años después conoceremos como La ciudad del sol ocupa ya por entonces mil folios, y en Futura memoria, de 1998, unos versos adelantan la que será una de las ideas más conmovedoras de su magnífico libro de relatos La derrota de nunca acabar (Bartleby, 2015): que perder la guerra civil libró a los derrotados de haber sido quienes mostraran “lo más oscuro de la especie humana” (poema “La historia”), permitiéndoles “caminar con la cabeza alta” (relato “El triunfo de la derrota”).

El futuro estudioso de las novelas de Miguel Naveros no sólo advertirá ese juego de alternancias en los títulos: SOL, DÍA, LUNA y -ojalá al fin publicada- NOCHE: de La ciudad del sol a Al calor del día (Alfaguara 2001); de El malduque de la Luna (Alianza, 2006) a esa inédita Amarga es la noche cuya carpintería literaria explicó el autor en un ciclo del Centro Andaluz de las Letras, y que en cierta forma nació a partir del encuentro casual, en un pub de Almería, con uno de los personajes inventados por él para la novela anterior, la bella Thérèse, tal y como desveló, a su vez, en un artículo publicado en La Voz de Almería. Reparará también, ese futuro estudioso, en que la primera novela transcurre a lo largo de casi todo el siglo XX y está narrada a través de diecisiete ejes distintos, en tanto que la segunda ocurre en un solo día y está construida de forma coral, a la manera de La colmena, de Cela, o Manhattan Transfer, de Dos Passos, con la intervención de más de 230 personajes diferentes; que esa primera novela es la crónica de un siglo tremendo, el de la imposición y derrumbe de las ideologías, donde una ciudad del sur llamada Claudia puede ser a Almería lo que Vetusta a Oviedo y a la vez lo que Macondo al mundo: un lugar a medias entre la realidad y la fantasía; y que esa segunda novela hablaba ya de especulación inmobiliaria, de degradación medioambiental y de corrupta complicidad entre política y finanzas varios años antes de que el paraíso de bienestar artificial en que vivíamos se viniera estrepitosamente abajo.

Y llegará el futuro estudioso a su tercera novela, a ese malduque con el que ganó el VII Premio Fernando Quiñones, y se asombrará del contraste entre una prosa torrencial, incontenible, y una estructura narrativa construida minuciosamente mediante un prodigioso entramado de fidelidades sucesivas, de retratos por pintar para una hipotética exposición sobre el gesto humano, de fases de la luna asociadas a las distintas edades de Pedro Luna Luna, el protagonista, y a sus primeros grandes recuerdos, dilemas, certezas e ideas, y a la adquisición ante la vida de la memoria, la razón, la pasión y el olvido suficientes, y también a las ciudades en que todo ello fue posible. Y en La derrota de nunca acabar se encontrará con once cuentos que son once variaciones sobre el tema de la derrota y el exilio, once historias, en parte reales y en parte trabajadas por la imaginación, que son once maneras de experimentar cómo la guerra modifica para siempre el curso de unas vidas, y con una duodécima historia no escrita pero sugerida: la de un niño llamado también Miguel, como los protagonistas de todos los cuentos, que escucha fascinado a los amigos de su padre relatar una y otra vez las mismas historias sobre la guerra perdida, con las que irá alimentando en la infancia su pulsión literaria.

Nunca conocí a nadie que hablara de aquello sobre lo que estuviera escribiendo con un apasionamiento parecido al de Miguel Naveros cuando me desvelaba parte de la novela o los relatos en cuya creación estaba inmerso, porque sus personajes y cuanto les ocurría nunca eran del todo imaginarios ni del todo reales. A una primera redacción fluida y más o menos rápida de cada una de sus obras le seguía una laboriosa corrección que duraba varios años, un ajustar cada párrafo, cada línea, la estructura toda a lo que él deseaba expresar en la forma en que debía ser expresado, una suerte de orfebrería literaria reservada sólo a quienes aman los libros -y sobre todo la lectura- de la manera en que Miguel lo hizo desde niño: una forma de vivir, al fin y al cabo. Quien lo probó, lo sabe.

(Artículo publicado en el cuadernillo especial de La Voz de Almería 
HOMENAJE A MIGUEL NAVEROS, 30 de abril de 2017)

Miguel Naveros, amigo y maestro
(Madrid, 18 de julio de 1956 - Almería 29 de marzo de 2017)

jueves, 20 de abril de 2017

Diálogos de cine: Ángel


Sir Frederick Barker (Herbert Marshall) y Anthony Halton (Melvyn Douglas) hablan en casa del primero de la misma mujer, sin saberlo. La película es Ángel, de Ernest Lubitsch (1937). El guión, de Samson Raphaelson, a partir de la pieza teatral de Melchior Lengyel. Ella, esa mujer, es María para uno y Ángel para el otro; para todos los demás, Marlene Dietrich.

BARKER: Hola, amigo, me alegro de verte.
HALTON: Hola.
B.: Hacía tiempo que no tomaba tantas copas como ayer.
H.: De hecho, yo también tomé demasiadas.
B.: Me alegro de que hayas podido romper tu otro compromiso.
H.: Bueno… Es curioso. Sólo te conozco desde ayer y… aún así…
B.: Me siento igual. Es curioso, ¿no? Vamos a sentarnos.
H.: He estado siguiendo tu causa en los periódicos. Admiro lo que has hecho. Admiro tu valor e inteligencia, y el arrojo con que te enfrentas a tus problemas. Yo… Estoy orgulloso de estar en tu casa.
B.: Gracias. (Enciende un cigarrillo) He estado pensando mucho en ti.
H.: Espero que mi pequeña historia no te haya preocupado.
B.: Es una historia poco corriente. No me importaría leerla en una novela. Pero no me gustaría ser el protagonista. O tenerle como amigo.
H.: Gracias, Barker.
B.: Créeme, un hombre no debería crearse problemas.
H.: Supongo que eso es lo que Bruto le dijo a César cuando César dijo: “Bruto, acabo de conocer a una chica egipcia llamada Cleopatra. Me está volviendo loco”.
B.: Si recuerdo correctamente, César lo superó, ¿no?
H.: Pero Cleopatra no era Ángel. Si César hubiera conocido a Ángel… habría cambiado la historia del Imperio Romano.
B.: Habría caído doscientos años antes.
H.: ¿Qué son doscientos años en la Historia? Veinticinco páginas. Pero una hora con Ángel…
B.: Sesenta minutos.
H.: (Niega con la cabeza) Tres mil seiscientos segundos.
B.: Bueno, me rindo. Siempre es difícil razonar con un hombre enamorado. Me temo que eres un hombre enamorado.
H.: No lo sé. Puede que sea más que amor, o menos que amor.
B.: Bueno, decídete. ¿Qué es?
H.: Es un sentimiento determinado. Un secreto entre dos personas y sólo entre esas dos personas. Algo que no puede… Vamos, ¿nunca has perdido la cabeza por una mujer? ¿No has sentido que podías dejar de buscar, que lo habías encontrado?
B.: Sí. Y vas a conocerla.

lunes, 3 de abril de 2017

Danny Rose


Que el bueno de Danny Rose es un perdedor casi nadie lo pondría en duda, y sin embargo entre la gente del espectáculo, y sobre todo en el gremio de los cómicos neoyorquinos, todo el mundo conoce una historia divertida con la que recordarle. En realidad, los cómicos nunca se hubieran referido a Danny como un loser: era un tipo sin suerte, simplemente. Quiso ser humorista, de los llamados comediantes en vivo, como el propio Woddy Allen que inventó e hizo suyo el personaje en 1984, solo que no pasó de animador de fiestas para octogenarios y acabó por hacerse agente de artistas, qué otra cosa le quedaba. Eso sí, qué artistas. Sus representados ocupaban el nivel más bajo del show business: un bailarín de claqué cojo, un xilofonista ciego, un malabarista manco, un pingüino que patinaba vestido de rabino, una mujer autodidacta que interpretaba música deslizando los dedos por el filo de varias copas con agua, un doblador de globos o un ventrílocuo tartamudo del que ni siquiera Danny Rose quiso hacerse cargo en un principio, pero al que después de una paliza propinada por la mafia, de la que Danny fue involuntario responsable, acogió en el grupo de disparatados faranduleros a los que representaba.

A pesar de todo, Danny Rose creía realmente en aquellos números y se dejaba la piel por ellos cuando negociaba un contrato. De tanto en tanto uno de sus artistas conseguía tener éxito, y entonces, indefectiblemente, éste lo abandonaba. Él no lo veía venir. Nunca lo vio. Ya he dicho que era un buen tipo. Más que un agente, era un amigo y un confesor para sus representados, haciéndoles creer en sus posibilidades e intentado sacar lo mejor de ellos, que nunca era mucho más de que lo que ya mostraban a simple vista: Repite frente al espejo las tres palabras, les decía: estrella, sonrisa, firmeza. Y funcionaba. Al menos eso pensaba él. Y no, nunca vio venir la ingratitud.


Era un hombrecillo nervioso hasta la úlcera de estómago, con gafas de gruesa montura y un frenético lenguaje no verbal, con unas manos empeñadas en dar forma a cada una de las palabras que soltaba con su incontenible labia. No decía déjeme decirle una cosa, decía déjeme introducir un concepto en esta coyuntura, y las manos iban, venían, introducían, conceptuaban. Cierto día, alguien contó en una tertulia de cómicos y agentes celebrada en el pequeño delicatesen Carnegie Deli de Nueva York la historia más divertida de Danny Rose, y tal vez la más larga, aunque nunca se sabe; además, a ratos resultaba más triste que divertida. Tenía que ver con Lou Canova (Nick Apolo Forte), un crooner italoamericano con exceso de peso y cierta inclinación a la bebida y la infidelidad conyugal que veinticinco años atrás había conocido un fugaz éxito y que ahora trataba de reflotar su carrera con el apoyo indeclinable de Danny Rose. Para un concierto en el que se jugaba el todo o la nada, Canova le pidió a Danny que llevara consigo a su amante, Tina, Tina Vitale (Mia Farrow). El esforzado agente se sorprendió, creía que su matrimonio iba bien, que había dejado los líos de faldas, pero aceptó el encargo: qué no haría por su mejor artista la noche más importante de sus vidas. Lamentablemente, la temperamental Tina estaba vinculada con la mafia, y Danny Rose  acabó perseguido y casi liquidado por un par de gánsteres al ser confundido con el tipo que mantenía una relación con ella. Al final todo terminó bien. Salvo por ese pequeño detalle de la ingratitud de la que solía ser objeto, claro. Pero él siempre salía adelante. Sus artistas sin fortuna nunca le abandonaban. Y era un tipo querido en la profesión.


En una filmografía tan extensa como la de Woody Allen, las opiniones acerca de cuáles son sus mejores películas o qué época, qué década, es la que acumula más títulos brillantes, diferirán entre sus incondicionales. En lo que a mí respecta, Broadway Danny Rose es una de las que más me han gustado siempre, desde que la vi en cine hace más de treinta años. Rodada en un magnífico blanco y negro, como esa auténtica joya cinematográfica que es Zelig, estrenada el año anterior, este emotivo homenaje a los cómicos más humildes precede en la década de los ochenta a títulos como La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas, Días de radio, September, Otra mujer y Delitos y faltas, palabras mayores todas ellas. Y es que no fue una mala década para Allen la de los ochenta. ¿La mejor de su carrera? Posiblemente la que reúne un mayor número de películas redondas.

Maestro en conseguir el Oscar para sus actrices, bien pudo haberlo obtenido Mia Farrow, su pareja en aquella época, por su papel de Tina Vitale. Desde luego, es la única ocasión en toda la filmografía de esta actriz en que el espectador no echa de menos un saquito de sal al alcance de la mano para añadírsela puñado a puñado a su interpretación (y cabe recordar que entre los personajes que ha encarnado está el de la madre del hijo del diablo). Una actitud descarada y algo vulgar y las grandes gafas oscuras que ocultan sus ojos casi todo el metraje obran el prodigio de vigorizar su trabajo en Broadway Danny Rose, como si fuera su mirada la responsable de la habitual sosería de Farrow. Sin duda también ayudó a la composición del papel el haber visto en vídeo cientos de veces el Toro salvaje de Scorsese, según confesión propia. De todas maneras, no es descartable que ésta sea la verdadera Mia Farrow. Si sumamos Frank Sinatra (Danny Rose tiene una foto de Sinatra en su apartamento, un cuchitril de loser, según le dice Tina), Farrow y la posibilidad de que la mafia le rompa las piernas a Woody Allen por su causa, casi da como resultado un film profético, al menos en relación con cierta leyenda urbana. Afortunadamente, ningún hampón acabó ni con Danny Rose ni con Allen: no los metieron en un armario y aspiraron el aire del interior con una pajita, no convirtieron sus cabezas en un instrumento de viento ni tampoco levantaron ningún edificio de oficinas en el puente de sus narices, procedimientos todos ellos seguidos por la Cosa Nostra en sus ajustes de cuentas según el genio neoyorkino escribió en “Para acabar con la Mafía”, texto recogido en su hilarante libro Cómo acabar de una vez por todas con la cultura.  


sábado, 1 de abril de 2017

... y ahora qué

De modo que perder a tu mejor amigo es esto, este aturdimiento, este estar sin estar del todo y escribir esas líneas que te han pedido para el periódico, su periódico, y no saber qué escribes, coger el coche convencido de que sabes adónde vas y dar vueltas y rondar su casa, es este temor a interferir en el dolor de los suyos, el abrazo, el primer lamento compartido, el coche de nuevo, el ir y venir y llegar a casa, hablar de él con tu chica, dejar una película a la mitad y pasar a una obra de teatro y a otra película y no entrar en el juego y acostarte, creer que no vas a dormir y dormirte, y despertar a las tres y entonces el primer aluvión de recuerdos, de golpe, valgan ahora cuáles, no sé, el preciso timbre de su voz, que perdiste primero, el tacto de su mano en la tuya al estrecharlas en el saludo, el gesto de alzar ambos brazos en la exposición de una idea, las gafas bajas y la cabeza agachada para leer por encima de la montura lo que la presbicia no deja de otra manera, el reloj de pulsera en la mesa, el bolsillo de la camisa pesado de bolígrafos y plumas y notas, la corbata siempre, aun en verano y en manga corta, la chaqueta en el respaldo, el café corto y espeso, el cigarrillo entre los dedos, la cabeza despejada y a los lados la lacia longitud de su cabello al viento, si soplaba, su mirada, durante un tiempo una colección de pipas entrando y saliendo de los bolsillos de la americana, el sobre del tabaco, el humo, y la gabardina, y más atrás en el tiempo un traje de pana, pero eso fue cuándo, hace mucho, la barba rala, o más densa, o ausente, según la época, oscura o ya entrecana, la despedida en el coche con el cenicero cargado y un ya nos llamamos, cada una de las veces que te presentó a alguien encareciendo tus méritos frente a tu timidez de metro ochenta y nueve y tu callado agradecimiento de quien no merece tanto y sin embargo gracias por hacerme sentir alguien, Miguel, cada una de las veces que peleó por ti la publicación de otro libro, después de que hubiera sido tan fácil la de la novela, el trabajo que te consiguió cuando más lo necesitabas, cada uno de los poetas o narradores o editores o pintores o fotógrafos a quienes pudiste tratar de cerca gracias a estar a su lado, ese acogimiento tan cargado de afecto con el que quiso impedir que te dejaras llevar por tu dificultad para el trato social, el recuerdo de un café en el Gijón, donde se le recibía con una deferencia reservada a muy pocos, de una cena de campanillas en el Círculo de Bellas Artes a la que te fue vinculando de a poco, homenaje a un novelista barcelonés, y de un par de cenas y una comida con un grandísimo poeta leonés, el recuerdo del don de la improvisación al hablar en público, de su generosidad al mencionarte si tú estabas sentado entre quienes le escuchaban, y estuviste tantas veces, por la sola voluntad de acompañarle y fuera cual fuese la naturaleza del acto, bastaba que él te hubiera sugerido que debías estar para salir de tu encierro, el recuerdo de su primera edición de Rayuela, que él te regaló de pronto después de una conferencia, el recuerdo de su letra menuda y casi ilegible, en las dedicatorias de sus libros, en esa servilleta de bar en la que hace tan solo dos semanas te escribió el título de dos poemas suyos, uno por escribir, todo a las tres de la mañana, todo de golpe, como un aleph, pero todo es tan poco para tanto como hubo, de modo que es esto perder a tu mejor amigo, no poder volver a conciliar el sueño, levantarte a ordenar el despacho, oír el trote descalzo de tu hija, a quien has despertado con la luz, acostarte de nuevo, esperar el amanecer, iniciar el día que no será como ningún otro, llorar por primera vez al verle en la portada de su periódico fotografiado junto a la vieja rotativa, el coche de nuevo y de nuevo proponerte un destino y cambiar de idea y dirigirte a su casa y darte cuenta de que es tarde para cualquier otra cosa que no sea acudir al lugar donde habrás de leer ese poema, recoger a otro amigo que se ha ofrecido a acompañarte, caminar juntos hasta el lugar donde esperarás a los suyos y donde poco a poco empiezan a llegar tantos, tantos, toda una ciudad de luto y tú apartado, saludando, no hay consuelo en cuantos lo quisieron pero tú esperas a los suyos, está ese poema, y siguen llegando tantos, hoy se despide a un ser único, y entre tantos desearías ser uno más, pero él lo quiso así, Para Isabel (… allegro danzante…), perder a tu mejor amigo es este dolor, este desamparo, el abrazo de muchos, la desolación de todos, el no hacerse a la idea, la cita para la tarde, en la intimidad de unos pocos, el coche otra vez, llegar antes quién sabe por qué, porque no tienes adónde ir, estar a solas, dejarse batir por el viento frente al mar, perder a tu mejor amigo es empezar a notar que realmente hay una ausencia, un vacío que no es físico pero sí es real y está como al lado, es extraño, y los recuerdos se amontonan en el límite del hoy más allá del cual no habrá añadidura, y empieza a crecer entre ellos la sensación de no haber estado a la altura de lo que esperaba de ti, a pesar de todo cuanto quiso enseñarte, y hay una llamada de teléfono y luego un llegar de coches, su madre, su mujer, su hija, su nieta, sus más íntimos amigos, entre los que no puedes evitar sentirte un intruso aunque te hayan acogido con cariño como a uno más, como alguien a quien también él quiso, perder a tu mejor amigo es quedarse todos en silencio mirando las olas rompiendo mansamente contra la orilla, mirando las rosas rojas dispersase muy despacio en el mar ondulante, el cielo anaranjado en el horizonte, la luz declinante, qué solos se quedan los vivos. Perder a tu mejor amigo es revisar al día siguiente los mensajes de wasap que intercambiasteis, tan ahí mismo en el tiempo y tan en otro tiempo ya, reñidos los dos con las tecnologías pero acogidos con alivio a este medio para seguir hablándoos cuando su voz era ya casi un imposible, leer todo aquello que es para ti de él, llegar a ese último libro que te recomendó encarecidamente, Guerra del tiempo, de Carpentier, “¡Juan, hubo un día en que se escribía!”, y entrar en la biblioteca pública y pedirlo y luego querer escribirle en el móvil “Lo tengo, Miguel”, sin que te parezca absurdo hacerlo. Pero no hacerlo. Perder a tu mejor amigo es un y ahora qué que puede durar quién sabe cuánto.

lunes, 27 de marzo de 2017

Un viaje solo para hombres, de Raúl Ariza


Guardamos en la memoria la imagen de Truman Capote llegando a Holcomb, el pueblo de Kansas donde en 1959 se cometieron los asesinatos sobre los que escribió en A sangre fría, la magistral novela con la que inauguró en 1966 un nuevo género literario, la nonfiction novel, la novela de no ficción, según sus propias palabras; pensamos en él hablando con los investigadores del caso, con amigos de las víctimas, la familia Clutter, y sobre todo entrevistándose repetidamente en la cárcel con uno de los asesinos, Perry Smith, estrechando lazos con él, dándole un último adiós antes de su ejecución o negándose a contemplar su ahorcamiento después de haber asistido al de su cómplice, Dick Hickock. Pero esas imágenes provienen básicamente del cine, de las dos películas que se estrenaron casi al mismo tiempo, en 2005 y 2006, Capote e Infamous. A sangre fría está escrita en tercera persona, y no muestra los extenuantes pormenores de su creación. Esto lo haría más tarde, en 1999, el francés Emmanuel Carrère en El adversario, otra novela escrita también a partir de un asesinato múltiple: el autor se introduce a sí mismo en la obra y narra no sólo los hechos, sino su relación con el asesino, Jean-Claude Romand, que en 1993, después de haber mantenido a su familia en el más absoluto de los engaños con respecto a su trabajo y su vida, acabó por matar a sus hijos pequeños, a su mujer, a sus padres y hasta a su perro. “La pregunta que me empujaba a escribir un libro”, señala Carrère, tomando la palabra en su propio libro, “no podían responderla los testigos ni el juez de instrucción ni los peritos psiquiatras, sino el propio Romand”. Quedaba dar un paso más: escribir sobre alguien que escribe sobre alguien que cometió un crimen, y es lo que ha hecho Raúl Ariza en su magnífica novela Un viaje solo para hombres, construida como una matrioska de voces narrativas en cuyo núcleo encontramos la inocencia de un niño de cinco años incapaz de imaginar que jamás volverá a ver a su madre; que su padre la ha matado.

Si nos atenemos al contenido de la novela, nos encontramos en Un viaje solo para hombres (editorial Versátil) con dos personajes principales, Santiago Albiol y Jorge Canal, el primero de los cuales es un hombre que tras asesinar a su mujer emprende con su hijo una huida a ciegas y sin esperanza, de Benicàssim a Arcos de la Frontera en cuatro jornadas. Jorge, por su parte, es quien nos cuenta cómo fue esa huida, y también algunos detalles reveladores de la relación que mantuvieron Santi y Marisa antes de que ella se convirtiera en su víctima. Ahora bien, será Raúl quien escriba acerca de Jorge, de la depresión a la que le condujo su ruptura matrimonial, de su decisión, quizá surgida de una relectura de A sangre fría, de escribir una novela sobre un crimen machista del que ha leído en las noticias, retomando para ello una antigua afición por la literatura y buscando la forma de entrevistarse en prisión con el asesino. Dos historias distintas, aunque trenzadas, dos protagonistas, dos narradores, dos estilos de escritura: el planteamiento narrativo es endiabladamente audaz, pues el juego de perspectivas nos introduce en un laberinto de espejos que multiplica las ficciones sin que haya un hecho real que las genere, al contrario de lo que ocurría en las novelas de Capote y de Carrère: allí donde había unos autores tan ciertos como los asesinatos sobre los que escribieron, Raúl Ariza escribe sobre Raúl, que escribe sobre Jorge, que a su vez escribe una novela sobre Santi, y al inventar un escritor verosímil otorga verisimilitud también al crimen en el que se basa su novela. Su Raúl no es responsable de la novela escrita por Jorge, nos la presenta incluso con las notas de trabajo; Raúl escribe sólo sobre Jorge, y lo hace sin concesiones a la amistad, describiéndolo en toda su imperfección: un hombre narcisista, necesitado de atención, que no sabe querer, que nunca ha sabido. Es a la luz de esta personalidad como hay que entender, pues, lo que se nos cuenta de Santi: al fin y al cabo, Jorge no consigue que el asesino le caiga mal. De este modo, la caracterización psicológica determina las reglas de ese juego de espejos y de perspectivas. El resultado es que el lector se siente paradójicamente conmovido por las vicisitudes de un asesino, fundamentalmente porque la presencia del niño (qué magníficos momentos nos brinda Ariza a través de él, que magnífica esa mirada, por ejemplo, que cruza con una niña que va de la mano de su madre, cuánto cabe en esa mirada…) suaviza la imagen que nos llega de él. Jorge, que no es el asesino, resulta, sin embargo, más turbio, más conflictivo.

Cuando supe que Raúl Ariza había escrito una novela, al instante me invadieron a partes iguales las ganas de leerla y la intriga. No es fácil pasar del ceñido territorio del relato muy breve, en el que Raúl ha llegado a moverse con maestría, con pleno dominio de los tiempos y los espacios, al de la novela. Me intrigaba saber cómo lo habría hecho. Sus cuentos, reunidos en tres libros ya referenciales, Elefantiasis, La suave piel de la anaconda y Glóbulos versos, se caracterizan por la precisión narrativa, por la concentración de los recursos expresivos: son textos que en el átomo de su brevedad contienen universos enteros. ¿Cómo sería, pues, una novela de Ariza? La intriga fue felizmente despejada, y lo que pensé tras leer por primera vez Un viaje solo para hombres aparece, resumido, en la contraportada del propio libro: Condenadamente inteligente, emociona en el plano literario y en el humano, en el fondo y en la forma… Realmente, Raúl Ariza, un escritor que como he dicho ha conseguido desarrollar una voz propia, singularísima, en el relato muy breve, ha demostrado en su salto a la novela una enorme capacidad para hacer uso de sus mejores armas como narrador, forjadas en la distancia corta, para vencer de plano en el reto de acometer una historia con muchos más matices, más niveles narrativos, más personajes.

Valga un ejemplo del uso sutil de esas armas: puede que en esta novela el viaje sea solo para hombres -el viaje de huida a ninguna parte que emprende Santiago con su hijo, la travesía literaria a la que se aventura Jorge con el equipaje de su abatimiento-, pero la mirada que el lector acaba recordando es de mujer: se repiten constantemente los ojos de mujer en el libro, casi como una invitación a asomarse al mundo a través de ellos desde el interior del universo masculino, tan cerrado en sí mismo las más de las veces; los ojos de un verde dispar de Marisa, los ojos verde nazarí de Helena, la mirada azul de Alejandra, igualita que la de Robin Wright Penn en Mensaje en una botella, los ojos de un verde té de Isabel, los ojos casi azules de Rosana, aquella primera novia que tuvo Jorge, los ojos grandes, muy negros y muy abiertos de la mujer que les alquila a Santiago y a su hijo una casa en Arcos de la Frontera, los ojos de Carol, que fue de las cosas que más le gustaron a Jorge de ella cuando se conocieron, y esa mirada como atrapada en la mirada del pequeño Santi, en un lugar muy lejos de casa, al que su papá le ha llevado en coche sin mamá, dos niños desconocidos que se cruzan en direcciones opuestas, llevados ambos de la mano, un mirarse cómplice en otro plano de la realidad, uno muy distinto a aquel tan complicado en el que viven los adultos.