lunes, 15 de enero de 2018

Idea para un cuento

Un tipo de alrededor de cincuenta años acude a una biblioteca pública con intención de llevarse en préstamo Al faro, de Virginia Woolf, una escritora de la que aún no ha podido acabar ningún libro a pesar de que realmente lo ha intentado repetidas veces a lo largo de su vida. Al pasar por el expositor de novedades, un título le llama la atención: La biblioteca de los libros rechazados.

No conoce al autor, David Foenkinos, francés. Coge el libro, lee la contraportada y algunas páginas al azar, para conocer el estilo, y finalmente se lo lleva junto con la novela de Woolf (aunque ya sabe que este otro será el primero en caer).

En las primeras páginas, Foenkinos se refiere a Richard Brautigan, otro escritor, estadounidense, y a una novela suya titulada The Abortion, en la que el protagonista trabaja en una biblioteca que acepta manuscritos que no ha querido publicar ninguna editorial, con la condición de que el autor ha de llevarlo allí personalmente. Brautigan acabará suicidándose (como Virginia Woolf) en los años ochenta, y a comienzos de los noventa alguien crea como homenaje a él The Brautigan Library, una auténtica biblioteca para los libros rechazados. Poco después, un bibliotecario de Bretaña, Jean-Pierre Courvet, conocedor de la historia, decide hacer lo propio en Francia. Es un apasionado de la literatura que sueña con encontrar “un cómplice literario: una persona con quien pudiera intercambiar opiniones durante horas acerca del uso de los puntos suspensivos en la obra de Céline o mirar con lupa los motivos por los que se suicidó Thomas Bernhard” (y ya van tres). Courvet elige un lugar concreto dentro de la institución municipal de la que es responsable para depositar los originales rechazados y pone un anuncio en revistas nacionales. Muchas personas deciden recorrer el país para dejar allí su obra inédita y “acabar con la frustración de que no lo publicaran a uno”.

El tipo del que hablamos nosotros, el que ahora lee el libro de Foenkinos, se siente naturalmente inclinado hacia todo este asunto. En efecto: él mismo es autor de una novela multirechazada, de manera que, vivamente interesado, busca en Internet qué parte de todo aquello es real, si es que hay algo que lo sea. Descubre que Richard Brautigan fue un escritor de la generación beat y que The Brautigan Library existe de verdad, está en el Clark County Historical Museum de Vancouver (Washington), aunque inicialmente fue abierta en Vermont por el fotógrafo Todd Lockwood. La de Crozon, en Bretaña, es ficticia, como toda la trama de la entretenida novela de Foenkinos.




El tipo del que hablamos nosotros acaba por sentirse irresistiblemente atraído por esa Brautigan Library ubicada en una ciudad de Estados Unidos con nombre de metrópoli canadiense. Poco a poco va arraigando en su cabeza la idea de llevar allí el original de su novela. Ya hemos dicho que es una obra multirechazada; digamos también que esa maldita novela maldita ha sido decisiva en su vida: tardó cuatro años en escribirla y estuvo otros diez intentando que viera la luz, y en aquellos catorce años pasó de ser un joven con posibilidades de triunfar en cualquier cosa que emprendiera a convertirse en un hombre maduro, casado, que no se había preocupado de encontrar un trabajo estable y que sabía que ahora, tres años después de haber enterrado el texto en el fondo de un cajón, ya era tarde para todo. Incluso aunque llegara a publicarse algún día, ya era tarde. Aunque desde luego, sabía que no se publicaría jamás: no en este universo.

Su novela rechazada trataba de las dos vidas paralelas de su protagonista: la que creía única y otra que en algún momento empieza a atisbar muy fugaz y fragmentariamente, sin saber cómo: una vida mucho mejor que la que lleva y que debió desviarse del camino principal a partir de una ruptura sentimental –de una no ruptura, en realidad- para seguir mejores derroteros. Su novela no tenía nada de ciencia ficción, entre otras cosas porque cuando la concibió no sabía nada de física cuántica ni de la teoría de cuerdas y su interpretación de los universos paralelos era puramente intuitiva y estaba más emparentada con lo real maravilloso. El caso es que le había dado por pensar que la novela se había vengado de él, como algunos escritores dicen que pude suceder, y sí que había sido publicada, pero no “de este lado”. Cómo explicar todas las veces que se había desvanecido de manera extraña la posibilidad de ser aceptada por un editor o incluso de ser premiada, cómo explicar lo inexplicable, todas esas situaciones extrañas, de puro relato fantástico, que se habían encadenado año tras año para hacer imposible la publicación. En una novela de Stephen King, en la que alguien viaja al pasado varias veces para tratar de evitar el asesinato de Kennedy en Dallas, se cuenta lo difícil que le resulta al protagonista cambiar cualquier hecho del pasado, lo tercamente que lo ya sucedido se resiste a suceder de otra manera. Tal vez lo de la novela escrita por el tipo del que hablamos nosotros sea el mismo caso, y el pasado y el futuro no existan, sean una misma cosa, un mismo instante.

La confirmación de esta sospecha le vino en una playa, al atardecer, el día que esparcieron en las olas más cercanas a la orilla las cenizas de su mejor amigo. En realidad fue al día siguiente. En ese momento solo recordó que una escena de su novela transcurría en esa misma playa, a la que la comitiva había llegado después de intentar sin éxito alcanzar las otras playas en las que la familia quería llevar a cabo la ceremonia. Al día siguiente desempolvó el manuscrito: dos hermanos hablan de cenizas. Al atardecer. En aquella playa.

Desde luego que no se iba a publicar, nunca. No de este lado.

De modo que decide llevar el tocho encuadernado a Vancouver, cueste lo que cueste, más de seis mil kilómetros. No tiene el dinero para el billete, ni podría justificar ante su mujer un préstamo para esto. Pero es un gesto cargado de una cierta forma de belleza orgullosa al que no quiere resistirse. En realidad está pensando en algo así como llevarlo al bosque Aokigahara, el bosque japonés de los suicidas, dejarlo allí, para siempre, perdido. Eso sí, de algún sitio ha de sacar el dinero: la idea se convierte en una obsesión. En el único estímulo que alimenta sus días y sus noches durante tres años.


Aquí este borrador le deja margen de improvisación al propio relato, no conviene en esta fase cerrar por completo todos los pormenores de un texto literario; un autor ha de saber cómo empieza su historia y cómo acaba –o cómo se imagina que podría acabar-, pero lo que media entre el planteamiento y el desenlace debe cederse a la inspiración que surge en el mismo acto creativo, que uno nunca sabe exactamente de dónde procede ni a quién computársela: a quien escribe o al que es escrito.

En cualquier caso, al cabo de tres años de infructuosos intentos de realizar ese viaje a Estados Unidos, el tipo del que hablamos cae gravemente enfermo. Nunca irá a la Brautigan Library, después de todo. Entonces decide contárselo al fin a su mujer, para pedirle que sea ella la que lo haga. Ella acepta, y resulta ser –el tipo del que hablamos lo sabe de sobra- una persona mucho más resuelta, que dispone además de unos ahorros de los que nunca le había hablado,  y en apenas un mes organiza el viaje: un vuelo de Madrid a Portland (Oregón), a escasos catorce kilómetros de Vancouver, con escala en Amsterdam, y dos noches de hotel, no más.

La noche del día en que ella emprende el viaje, el tipo del que hablamos tiene un sueño, o una visión: su mujer viviendo en una ciudad norteamericana, con otro hombre. Cuando despierta –cuando la visión se desvanece- comprende, de alguna manera, que ella no va a volver, que todo cuanto se interpuso entre la novela que había escrito y su publicación actúo en beneficio de la preservación de su matrimonio “a este lado”, y que llevar el manuscrito a la biblioteca de libros rechadazos rompía ese mecanismo de defensa. Morirá solo, piensa (o algo menos deprimente).

El relato acaba con un párrafo en el que cambia el punto de vista. La mujer del tipo del que hablamos sube al avión en la capital holandesa, ocupa su asiento y al poco rato el mismo hombre junto al que ha viajado en silencio desde Madrid se hace notar de pie a su lado, en el estrecho pasillo, divertido, con el billete en la mano: ese es mi asiento, dice, con una amplia sonrisa, también hasta Portland viajarán uno al lado del otro, ¿no le parece casualidad? Se presentan, esta vez sí. Van a estar mucho tiempo juntos y es realmente curioso, la misma escala, asientos contiguos. Es un hombre maduro, elegante, habla un buen español con acento americano. ¿Negocios o placer? ¿Le parece que tomemos una copa? Tenemos once horas por delante. Más que suficiente para conocernos bien, ¿no le parece?

domingo, 7 de enero de 2018

La Luna en la plenitud de su majestad

Esta semana, primera del año 2018, la Luna ha sido noticia por dos extraordinarios motivos. En primer lugar, la NASA ha dado a conocer una imagen en la que comparte protagonismo con la Tierra: una asombrosa fotografía tomada en octubre del año pasado, a una distancia de cinco millones de kilómetros, por la nave Osiris-Rex en su viaje hacia el asteroide Bennu, en el que recogerá muestras para su análisis (¿habrá materia orgánica en este pedazo de roca? ¿Fue así como llegó la vida a la Tierra?).

Image Credit: NASA/OSIRIS-REx team and the University of Arizona
Image Credit: NASA/OSIRIS-REx team and the University of Arizona

La fotografía en cuestión es el resultado de combinar tres imágenes de diferentes longitudes de onda de color y de incrementar el brillo de la Luna para hacerla visible, pero esa es la distancia, esa es su lejanía mutua, o su inmediatez, cualquiera de las dos sensaciones está justificada cuando se observa. Es algo fascinante, hipnótico: tan solos ambos astros, tan encadenados el uno al otro, tan pequeños, después de todo, tan desproporcionadamente grande el tamaño del satélite con respecto al planeta alrededor del cual orbita.

Por cierto, hago notar de nuevo el nombre de esta nave: OSIRIS-REX. Si tratan de averiguar por qué lleva el nombre del dios-rey egipcio de la Muerte, del Más Allá, del Inframundo, de la Resurrección, encontrarán que corresponde a las siglas de Origins, Spectral Interpretation, Resource Identification, and Security–Regolith Explorer. Y tal vez les baste con eso. Tal vez le encuentren sentido. En general, la gente no suele hacerse preguntas acerca de estas cosas: sobre el porqué hay un gran obelisco egipcio en el centro mismo de la plaza de San Pedro, en el Vaticano, por ejemplo, o por qué una escultura de Shiva, el dios hindú de la destrucción del Universo, está ubicada en el CERN, el Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire, es decir, Consejo Europeo para la Investigación Nuclear, en Ginebra, donde se encuentra el Gran Colisionador de Hadrones, el mayor acelerador de partículas conocido.

La otra razón por la cual la Luna ha sido noticia esta semana ha sido por el anuncio de la especialísima identidad que adoptará el próximo 31 de enero, de acuerdo con una triple circunstancia que no se producía desde hace ciento cincuenta años: será una superluna, la tercera consecutiva, un catorce por ciento más grande y un treinta por ciento más brillante; será también la segunda luna llena en un mismo mes, lo que se conoce como “Luna Azul”; y, finalmente, será totalmente eclipsada por la sombra de la Tierra, fenómeno que no se verá desde España, pero que, como sucede en todos los eclipses, hará que el satélite adquiera una luz misteriosa: durante el eclipse, la atmósfera de la Tierra dispersa la luz azul y verde y deja pasar la roja, de tal manera que la Luna se verá así, roja: una Luna de Sangre. Es decir: será una Superluna de Sangre Azul… ¿Quién podría resistirse a algo así? Será cosa de buscarla en el momento en que asome su enigmático rostro, de intentar cazarla con el teleobjetivo, de entregarse al misterio su majestad.

Son tiempos para estar atentos al cielo.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Desde la cubierta de la Nao Victoria


Cuando hace un mes tuve oportunidad de subir a bordo de la réplica de la Nao Victoria y del Galeón Andalucía –réplica, a su vez, de los galeones españoles del siglo XVII-, recordé una frase que me dijo una buena amiga en cierta ocasión (pongamos que en un pasado increíblemente remoto ya): «Los barcos están más seguros en el puerto, pero no se hicieron para eso». Lo dijo en sentido figurado, en un contexto nada marítimo, pero aún así lo recordé de pronto al sentir en el cuerpo el débil pero perceptible balanceo del Victoria, incluso atracado en el muelle. No es, desde luego, un movimiento que te haga dudar de la estabilidad de la superficie que pisas, pero uno puede sentir que la cubierta de un barco no es tierra firme, y que el casco es cáscara mecida por el vaivén del agua que se oye chapotear entre la madera y la piedra.

Y como llevo la infancia a flor de piel, y además estoy hecho de literatura casi tanto como de materia biológica, me acordé también de todos los navíos en los que alguna vez navegué con la imaginación: el Unicornio el primero de todos, del que fue capitán el caballero Francisco de Hadoque, bravo antepasado del capitán Haddock; luego la goleta Hispaniola, en la que nos embarcamos para buscar la Isla del Tesoro, y a bordo de la cual leí fascinado los primeros términos navales: toldilla, mamparo, combés, bauprés, foque, castillo de proa, trinquete, mesana, obenques, botavara… Luego volé sobre las olas en aquel bajel pirata llamado por su bravura el Temido, y más tarde aún pasé zozobrantes aventuras enrolado con Arthur Gordon Pym en el Grampus y en la Jane Guy, y fui de los que llamé Ismael a quien vivió para contarla aquella enloquecida persecución de la ballena blanca en el Pequod.

La de la nao Victoria, sin embargo, supera a todas las aventuras de ficción, e incluso a todas las aventuras emprendidas por el hombre, o tan solo imaginadas. Escribió Alberto Manguel que viajar hoy ya no consiste en descubrir, sino en confirmar la información de un mapa. El primer viaje alrededor del mundo pertenece a otro tiempo: no fue para confirmar, sino para darle forma casi definitiva a todos los mapas, para demostrar ya sin género de dudas que la Tierra es redonda, y que todos los mares son en realidad uno solo, y al mismo tiempo, con la pérdida de un solo día en la meticulosa contabilidad de todos los que ocupó el viaje, para descubrir también un secreto formulado de este modo por Stefan Zweig en su libro sobre Magallanes: «que la esfera del mundo no permanece fija en medio del universo, sino que se mueve con ritmo regular sobre su propio eje, y que quien la sigue en su giro navegando hacia Occidente puede arrebatar tiempo a la eternidad». O puede ganar una apuesta, como la de Phileas Fogg sobre otra vuelta al mundo trescientos cincuenta años más tarde.

Victoria
Aquella primera circunnavegación fue fruto de ese asombroso viaje para el que un terco navegante portugués llamado Fernando de Magallanes puso todo su empeño, emprendido el 10 de agosto de 1519 por cinco naves y doscientos sesenta y cinco hombres a su mando y finalizado tres años más tarde por Juan Sebastián Elcano y otros diecisiete extenuados, famélicos, envejecidos supervivientes a bordo del Victoria, solamente el Victoria, solamente dieciocho hombres. Después de leer sobre aquella odisea (el libro de Zweig es magnífico) o de ver alguno de los documentales que dan cuenta de sus vicisitudes, resulta, para un cinéfilo, inexplicable que tal hazaña no haya merecido una gran película, ni siquiera una pequeña.

Se trataba, en una primera etapa, de atravesar el Atlántico hacia el ya conocido nuevo mundo. El almirante de la flota guardaba celosamente el secreto que animaba su propósito: un mapa mediante el cual podría descubrir al sur la manera de alcanzar con las naves el océano ya divisado por Nuñez de Balboa desde la cima de los Montes Urrucallala, en Panamá, y de este modo llegar a las islas de las especias por una ruta distinta a la que seguían los portugueses de acuerdo con la partición de la Tierra que había hecho el Papa. Tormentas y fuego de San Telmo, como respuesta a las oraciones; ilusión de haber encontrado ese paso al otro lado, navegarlo durante días para darse cuenta al fin de que el agua era dulce y que por tanto estaban en un río, en la inmensa desembocadura del Río de la Plata; desaliento; conspiraciones; sublevación de los capitanes españoles de los otros barcos, juicio y castigo a los rebeldes; navegación más hacia al sur, hacia los hielos; primeros naufragios en la flota; exploración de cada bahía, de cada ensenada, de cada desembocadura, de cada mordisco en la costa que pudiera ser entrada de ese paso; meses de espera en puerto natural hasta la llegada de la primavera austral; y luego más hacia al sur, y al fin un acceso, o lo que parece un acceso, no un canal recto, sino un laberinto de islotes, de vueltas y revueltas, de meandros, de recodos sin salida, entre montañas donde de noche ardían fuegos, y al fin, después de otro mes, mar abierto: ¡el otro lado!

Han pasado más de catorce meses desde que salieron de Sevilla, y una vez atravesado el que será conocido como Estrecho de Magallanes, uno de los barcos, el San Antonio, el más grande y mejor aprovisionado, deserta y regresa a España. El viaje entra en otra etapa: son ahora tres naves, que habrán de surcar el Pacífico, mucho más extenso de lo que nadie hubiera podido concebir: un «infinito desierto líquido», escribe Stefan Zweig, tres meses y veinte días más, con sus noches inacabables, de agua y agua y agua y agua y no otro horizonte que el agua, y hambre, y escorbuto, y muerte: «el viaje marítimo tal vez más terrible y lleno de privaciones que registra la eterna crónica del dolor humano y de la humana capacidad de sufrimiento que llamamos Historia».

Galeón Andalucía a popa de la Nao Victoria
Y al fin unas islas, desconocidas, las Filipinas, donde sus habitantes jamás habían visto hombres como aquellos que llegaron, ni oído el retumbar de unos cañones, ni se habían admirado con la invulnerabilidad de las corazas. Como a Moisés, tampoco a Magallanes le será dado alcanzar la tierra prometida estando ya tan cerca, y encuentra la muerte en una escaramuza con los nativos de otra isla. Habrán de ser otros capitanes quienes alcancen en dos de los barcos, tras quemar el otro por falta de marinería que la tripule, las Molucas. Después de cargar las bodegas, descubren que el Trinidad, la nave que Magallanes eligió como capitana, hace aguas. Habrá de ser el Victoria quien trate de culminar el viaje y Elcano quien la guíe a través del Océano Índico, quien la haga doblar el peligroso cabo de Buena Esperanza, quien ascienda la costa de África sin tocar nunca tierra para evitar a los portugueses, y al fin, el 6 de septiembre de 1522, casi hundido, arribar a Sanlúcar de Barrameda, y el 8, remolcado por el Guadalquivir, al puerto de Sevilla.

¿Todo esto en un barco del que es réplica este en que me encuentro? No parece tan grande como para soportarlo. Hubiera sido más comprensible en el galeón que está atracado justo detrás, y al que subo más tarde. 

Y en uno y otro, qué ganas de soltar amarras de todo, de mí mismo antes que de ninguna otra cosa, y de desplegar velas, y de salir a mar abierto, y de buscar también yo un cabo de Buena Esperanza que me lleve a las aguas de otro año distinto de este, y apuntar, con los cañones del galeón, a los problemas que me han perseguido durante toda la travesía del diecisiete, y volarlos por los aires, y seguir navegando, y no detenerme nunca… 

En el Galeón Andalucía

sábado, 2 de diciembre de 2017

Cierta distancia, de Miguel Sanfeliu


Una parte importante de lo que somos se la debemos
 a los libros que hemos leído

MIGUEL SANFELIU



Apenas leí las primeras páginas de Cierta distancia. Manual de supervivencia para amantes de la literatura, supe que entre este último libro de Miguel Sanfeliu y yo iba a haber algo personal. Acabado ya el libro, disfrutado plenamente hasta la última línea, ahora que quiero escribir sobre él importa mucho menos ese vínculo especial que se ha establecido entre nosotros que mi deseo de llegar a todos aquellos que en sus páginas podrían también encontrar ese algo personal, tan personal como pueda serlo la huella de un pie descalzo en la arena de una isla en la que nos creíamos solos.

En cierta ocasión le preguntaron a Ignacio Aldecoa qué haría si no pudiera escribir: “Intentar escribir”, respondió. Cierta distancia, que fue primero el título de un extenso artículo, luego de un blog literario de referencia y ahora lo es de este libro –supermanual de vivencias, propias y ajenas-, indaga en las razones de esa inclinación ciega a construir historias, a pelearse con las palabras, a tirar del hilo de una frase, de una imagen, de un personaje posible, de un determinado recurso estilístico que se nos ha ocurrido para desarrollar un argumento, todo aquello que puede ser la chispa que encienda la imaginación, tal y como detalla Sanfeliu, con sus palabras y con las palabras de otros muchos escritores, en quienes se apoya para tratar de dar una respuesta al porqué se escribe literatura.

Y no sólo por qué se escribe: por qué robarle tiempo a la familia para hacerlo, sobre todo si no se trata del oficio del que uno vive, sino “una pulsión casi física”, un estar cavilando todo el tiempo, un tratar de retener en la memoria un hecho concreto de nuestro vivir cotidiano para llevarlo luego al papel, un permanente esto tengo que escribirlo, un estar en todo momento como en otro sitio, componiendo historias o fragmentos de historias en la cabeza, eso que hace de uno un excéntrico, un insociable, sabiendo además que “si no has publicado nadie entiende que sigas escribiendo, que te sigas sacrificando”.

Me gusta pensar en Kafka como alguien capaz de comprenderme cuando siento que nadie me entiende; alguien para quien la literatura era el único lugar en el que se encontraba a salvo”, señala Sanfeliu. La literatura como refugio, como forma de vida, como mundo privado en el que obtener “ventajas a cambio de mi fracaso en la vida cotidiana” (George Orwell), como medio y fin de todo, como “razón sobre la cual gira toda la existencia”, como laboratorio en el que experimentar con las reacciones de los personajes, por ejemplo; la literatura como necesidad, como herramienta para evadirnos de la realidad o para cuestionarla o para intentar explicar el mundo; la literatura como enfermedad y como terapia. Todo ello está en el libro de Miguel Sanfeliu y por todo ello se escribe. Y por el gusto de escribir, también. Y porque no hacerlo nos hace sentir culpables. En una entrevista reciente, Peter Handke afirma que “El escritor debe ser un niño, un ser confuso, un buscador”. Diablos. Por eso no se puede dejar de escribir sin correr el riesgo de perder para siempre esa excitante sensación.

Rainer María Rilke le aconsejó a un joven poeta que no escribiera si no le era absolutamente necesario hacerlo, y Miguel Sanfeliu hace suyo este consejo, a través también de José Luis Sampedro: sí, dejar de escribir, demostrase a uno mismo, de este modo, si se es o no escritor: “El verdadero novelista es el que no renuncia”, cita Sanfeliu de un manual literario escrito por John Gardner. En este punto es donde no he podido evitar recordar cierto juego que teníamos hace años una amiga mía y yo: si uno confesaba haber dejado de hacer algo el otro preguntaba: ¿Y se puede vivir?, siendo la respuesta pactada entre ambos la siguiente: Si a esto le llamas vida…

Termino por donde habría debido empezar, por el título: esa “cierta distancia” alude al apartamiento que el escritor adopta respecto de sí mismo, de su propia vida, según señala Sanfeliu, incluso de la propia realidad, añado, para buscar otra perspectiva de las cosas, cuestionarlas, reinventarlas. Y como “Manual de supervivencia” lo es, de una forma documentada, amena, placentera, útil, no solo para “amantes de la literatura”, sino también, y sobre todo, para quienes tienen la literatura como amante, como el centro de su otra vida. El 7 de junio de 1912 Kafka escribió en su diario: “Fatal. Hoy no he escrito nada. Mañana no tendré tiempo”. La cita aparece en el libro de Miguel Sanfeliu, y no concibo una manera más exacta de explicar esa desazón que nos provoca no disponer de todo el tiempo del mundo para entregarnos a la escritura, y saber que el encuentro con la inspiración habrá de plantearse en términos de discontinuidad. ¿Que por qué escribimos? Por eso, porque es otra vida que llevamos, y en esa otra vida alternativa somos más nosotros mismos.


Cierta distancia. Manual de supervivencia para amantes de la literatura 
está publicado por Silex Ediciones.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Volver al olivo

-Este viejo árbol, aquí donde lo ves, rehusó ser rey de todos los árboles –le dice el hombre al niño que le observa varear las ramas más altas mientras, casi distraídamente, él ordeña las más bajas y delgadas-. ¿Sabes lo que es rehusar? Que no quiso serlo. Fue el primero al que los demás árboles se lo pidieron, hace miles de años, por aquellas tierras de Oriente donde ocurren las historias de la Biblia. Buscando quien los gobernara, los árboles acudieron después a la higuera y a la vid, que tampoco aceptaron ser reyes. Pero el olivo… el olivo fue… el primero-. Su voz se entrecorta en el esfuerzo de golpear, pero no está fatigado, y el niño va soltando puñaditos de aceitunas moradas y hojas blanquiverdes en la tela que su abuelo ha tendido en el suelo. -Ninguno de los tres quiso dejar aquello que le daba sentido para, en su lugar, elevarse por encima de los otros: dejar el aceite con que se honra a Dios, dijo el olivo, dejar la dulzura del fruto, en el caso de la higuera, dejar el vino que proporciona alegría a los hombres. Y en efecto, ninguno de los tres árboles es demasiado alto, pero los higos y las uvas se toman cuidadosamente de las ramas, en tanto que a las aceitunas, ya lo ves, hay que bajarlas a palos, o como haces tú ahora, pasándose las ramillas más bajas por las manos cerradas. Yo no es que sea muy religioso, ya sabes que a mí los curas, en fin, ahora que no me oye tu abuela: qué sabrán los curas de Dios, o de los hombres, o de las mujeres. Pero he leído la Biblia, o me la leyeron de niño, más bien, y esa historia me quedó grabada en la cabeza, aunque nunca supiera nadie explicarme el final: por qué la zarza amenazaba con arder si no se cobijaban todos los árboles bajo su sombra. Bueno, hay muchas cosas de ese libro que no entiendo, ¿sabes? A mí lo que me gustó siempre era saber que los olivos que mis mayores vareaban en esta época del año habían preferido seguir dándonos el aceite que sale de sus frutos, entiendes, no renunciar a ser ellos mismos para ser más que otros, aunque eso supusiera, ya ves, que le dieran de palos. Que no son palos de castigo, eh, y ellos lo saben, ni le duelen a sus ramas más que un pedrisco o un tormentón. En cada varetazo hay respeto, y la dignidad del trabajo. Porque al negarse a ser rey de los árboles, el olivo se convirtió para nosotros en mucho más que eso, y nosotros le correspondemos así, con nuestro esfuerzo.

La vida pasa en un suspiro, y el niño es ahora un hombre adulto, un hombre que ha regresado después de una larga ausencia y camina despacio al borde del olivar desatendido. El cortijo lleva años en venta, la tierra no se riega desde mucho antes y en las ramas de los olivos fueron poco a poco escaseando las aceitunas, hasta desaparecer del todo. Deja el camino, se acerca a un árbol y se agacha para poder sentarse en el suelo y apoyar la espalada en el tronco: uno no se pone debajo de un olivo, se interna en él. Y desde dentro, con las piernas extendidas y cruzadas sobre los secos terrones, se abandona al recuerdo: la voz todavía robusta de su abuelo, el hormigueo en sus manos, y el rocío y el polvo de las hojillas mezclados en ellas, y la imagen del acarreo de la tela colmada, que él miraba algo apartado. Y acaso por estar así, tan aislado de todo lo que le rodea, sus propios recuerdos acaban confundiéndose con los recuerdos del árbol, mucho más antiguos. 


martes, 17 de octubre de 2017

Polidori

John William Polidori (por F. G. Gainsford)
National Portrait Gallery, London

Ha sido una de mis historias literarias preferidas desde que tenía menos edad aún que sus lejanos protagonistas: ocurrió en junio de 1816, en una mansión suiza enclavada a la orilla del lago Lemán: Villa Diodati. Aquel año, el volcán Tambora, en Indonesia, junto con un acentuado mínimo solar, suprimieron el verano. Encerrados a causa de una sucesión de días y noches de tormenta, un grupo de jóvenes leía en voz alta historias de fantasmas para vencer el tedio. Eran el poeta Lord Byron, de veintisiete años, su entonces médico personal, John William Polidori, de veinte, el también poeta inglés Percy B. Shelley, de veintitrés, y quien aún no era esposa de éste pero sí su amante, Mary W. Godwin, de tan solo dieciocho. Fue Byron quien propuso que cada uno de ellos escribiera su propia historia de espectros y aparecidos. De aquel desafío surgirían dos de las figuras esenciales de la literatura de terror: el monstruo de Frankenstein, que le proporcionó a Mary Shelley la inmortalidad tras la publicación de su novela dos años después, y el vampiro, surgido de la imaginación de Polidori, pero que no le trajo a su autor gloria alguna: titulado así, El vampiro, el relato se publicó 1819 (setenta y ocho años antes que el Drácula de Bram Stoker) sin su consentimiento y atribuido a Lord Byron, quien se apresuró a desdeñarlo como obra ajena y mal escrita.

Tal vez no hubiéramos sabido nunca acerca de aquella velada en Villa Diodati de no ser porque Mary Shelley se refirió a ella en el prólogo de su Frankenstein; or, The Modern Prometheus. También Polidori escribió sobre el asunto -más o menos- en su diario de aquellos días, pero quién lo ha leído. De hecho, es posible que tampoco hubiéramos sabido gran cosa del doctor sin ese prólogo, donde Mary le menciona con un compasivo “pobre Polidori” y le imputa para el reto de Byron, falsamente o por olvido, un argumento grotesco sobre una dama con cabeza de calavera que acabó abandonando. ¿Cómo aspirar a ser tomado en serio por editores o lectores después de aquello, después de ser presentado de manera tan ridícula en un libro de tan descomunal éxito? ¿Cómo reclamar la autoría de El vampiro, si el escritor más famoso de Inglaterra ya había menospreciado la obra?

Es John W. Polidori uno de los más desdichados perdedores de la historia de la Literatura. Y sin embargo fue un joven de talento, debió de serlo, pues se licenció en Medicina a los diecinueve años. Y no sólo le interesaba la ciencia: su principal anhelo era alcanzar el éxito también en el terreno de las humanidades. Cuando en 1816 Lord Byron le eligió como el médico que habría de acompañarle en su largo viaje por Europa, Polidori sin duda imaginó que se le habrían los cielos: qué mejor forma de ver impulsada su carrera de escritor que estar cerca del más leído, el más extravagante, el más carismático poeta del mundo. Pero donde esperaba amistad y respaldo, el joven doctor encontró la burla, el desafecto, el trato degradante, actitudes que Byron contagió a sus invitados, los Shelley. Tras ser finalmente despedido, Polidori anduvo rodando de acá para allá un tiempo, publicó sin fortuna algún poema, siguió atrapado en los efectos del opio y acabó suicidándose en Londres, en 1821.

Todo esto lo cuenta Emmanuel Carrère en su novela Bravura, aparecida en España en 2016, aunque publicada inicialmente en 1984. Llevo leída más de la mitad, y aunque me costó entrar en ella ahora estoy ya plenamente enganchado a sus páginas. Es una obra audaz, que juega con el tiempo y hace de Polidori y los personajes de Frankenstein materia de una entretenida intriga literario-policial que salta de comienzos del XIX hasta nuestros días.



En cine, nadie ha contado mejor la historia de Villa Diodati y sus inquietantes derivaciones que Gonzalo Suárez en la excelente Remando al viento, de 1988, una de mis dos o tres películas españolas favoritas, obligatoria para todo estudiante de Literatura que quiera conocer el Romanticismo. José Luis Gómez encarnó a un desasosegado, rencoroso y en absoluto veinteañero Polidori, incapaz de hacerse respetar por aquel a quien tanto admiraba, ese Byron-Hugh Grant que en el lago, de noche, mientras el bote se desliza por la superficie de las aguas envueltas en brumas, interpreta con desgarro un antiguo canto albanés reducido a un largo grito.

Para divertirse a expensas de los mortales”, escribe Carrère, “los dioses eligen a veces a un auxiliar humano que, en consecuencia, se cree instalado en el Olimpo, y cuando los amos se cansan de sus servicios, él se siente un extraño entre sus semejantes”. (Traducción de Jaime Zulaika para Anagrama).



miércoles, 4 de octubre de 2017

Jane y Robert, sus almas en la noche


Supongo que siempre di por sentado que nunca vería al siempre admirable Robert Redford en su ancianidad, que se retiraría antes, como hicieron otros actores, o que sencillamente quedaría detenido en una privilegiada madurez intocada por el más mínimo signo de decadencia física. Es cierto que le he ido viendo hacerse mayor, que en sus últimas películas la edad y la actitud de sus personajes parecen no corresponder del todo con sus movimientos, con su aspecto. Ahora, su feliz reencuentro con Jane Fonda en Our soulds at night, producida por y para Netflix, me sitúa en un plano emocional donde se cruzan lo personal y lo cinematográfico, pues sus ochenta años son los ochenta que también han entrado en mi propia familia, como de golpe, como si cada uno de los setenta y tantos no hubieran estado corriendo hacia ellos.

Que la práctica totalidad de los actores y actrices del cine clásico hayan desaparecido ya (que Kirk Douglas u Olivia de Havilland sean centenarios) es perfectamente consecuente con el recuerdo que conservamos de aquellas viejas películas, tan amadas, por otro lado. Pero uno siente, con un evidente error de apreciación, que Todos los hombres del presidente, por ejemplo, está como ahí mismo, en un pasado para nada remoto, con toda la vigencia estética y rítmica, apenas diferenciable de la reciente Spotlight. En la década de los ochenta vi en el cine, con mi chica de hoy y según iban estrenándose, El mejor, Memorias de África o Peligrosamente juntos. Redford ya había ganado un Óscar como director, y como intérprete (y también como hombre comprometido) disfrutaba de una posición privilegiada que apuntaba a lo que ya es desde hace tiempo, sin duda: una auténtica leyenda del cine. La distancia que media entre La jauría humana y Memorias de África viene a ser la misma que separa, por compararlo con Leonardo DiCaprio, Titanic y El renacido, pero la sensación no es la misma, no sé, como si DiCaprio simplemente fuera avanzando en su carrera y Redford, veinte años después de su irrupción en el cine, encarnara a aquel carismático cazador llamado Denys Finch Hatton ya en el dorado epílogo de la suya y como de vuelta de todo, y eso sin haber cumplido aún los cincuenta años.

Sin embargo, lo cierto es que no ha dejado de hacer películas (afortunadamente), delante y detrás de las cámaras, ni de impulsar el cine independiente desde su célebre Festival, el Sundance. Como actor, aportando siempre a cada película el prestigio de su intocable veteranía, en los noventa y luego en el nuevo milenio, del que hemos recorrido, como el que no quiere la cosa, diecisiete años, los que van de sus 63 a los 80 de este Nosotros en la noche (yo prefiero Nuestras almas en la noche, más literal, pero sobre todo más significativo), donde se muestra ya, abiertamente, como un anciano, sin duda más atractivo que el resto de ancianos con los que se reúne en una cafetería, más apuesto, en mejor forma, pero anciano al fin. Gloriosamente anciano.


Nosotros en la noche, basada en una novela publicada en España con el título así traducido, es una película sencilla y conmovedora. La sencillez es un valor escaso en las películas de hoy, como lo es la hondura en el mensaje, o la propia existencia de mensaje. Aunque realizada para no ser exhibida en salas de cine, tiene una factura impecablemente cinematográfica. Los personajes que interpretan Redford y Fonda no andarían ya descalzos por el parque ni jugarían al jinete eléctrico. Están el final del otoño de sus vidas. Son viudos, viven solos y están apegados a la pequeña y plácida localidad de Colorado donde han vivido, probablemente, desde siempre, y tal vez llevan años sin recordarse a sí mismos esos fantasmas del pasado que enrarecieron sus respectivos matrimonios, una infidelidad, un accidente. Una noche, ella, Addie, llama a la puerta de él, Louis. Se conocen de antes, claro, pero no se han tratado nunca, no de una manera cercana, al menos. Louis la invita a pasar, Addie se sienta en un sillón, la tele está encendida, él se disculpa, la apaga. No tienen mucho de qué hablar, así, de repente. Bueno, ella sí, ella tiene algo que proponerle, y lo hace de forma directa y algo insegura: ¿Querría él dormir con ella por las noches? Nada sexual, solo compañía; solo dos y no uno en la cama.

Me alegro de que el siempre admirable Robert Redford no se retirara, por coquetería o cansancio, y que se haya reencontrado con Jean Fonda. Escribí en un relato que la vejez es en nuestro tiempo una de las formas de la invisibilidad social. Es justo que de tarde en tarde el cine o la literatura se sobrepongan a la tiranía de la juventud, y que lo hagan con una mirada de esperanza.