domingo, 10 de abril de 2011

El Loser, sus ceremonias

Y qué importa si el lugar no existió más allá de mi imaginación y de las páginas de un libro: puedo apoyarme si así lo quiero en el extremo de la barra imposible del Loser, beber sin apartar la mirada de la estatua de Bogart y del decrépito piano de atrezzo, allá al fondo, en un rincón donde la luz no llegaba del todo: un Bogart alto, granítico y blanco, de angulosas e irregulares cinceladas, con aquel gesto de pétreo cinismo, el brazo izquierdo desapareciendo a la altura de un supuesto bolsillo, en el muslo, y  el derecho acodado en la tapa del piano, la mano colgando y los dedos entreabiertos  para que se cumpliera la tradición que el Loser había exigido en sus comienzos: los fumadores tenían que rendirle el tributo de apretar entre ellos un cigarrillo encendido. Pero esos comienzos están muy lejanos: durante los tres primeros años  Javier y Ruth, sus dueños, oficiaron de perfectos anfitriones, pero de esto me acuerdo vagamente, es extraño, como si se tratara de un sueño; sé, no obstante, que el Loser se convirtió en aquel tiempo en un local de referencia para artistas o estudiantes de arte, compañeros de Ruth, rendidos admiradores suyos. El local tenía por entonces –así está escrito- un ambiente familiar, muy animado, que atraía a más pintores en ciernes, o escultores, o fotógrafos, o actores, o poetas, junto con los amantes de la buena música, el buen cine y los licores bien combinados. Javier aseguró una vez, recordando aquellos años, que no había nada intelectual porque desde un principio él y Ruth se negaron a permitir que creciera allí ese autismo diletante, como de ateneo de subsuelo. El Loser, sí, era un refugio también contra eso, una especie de consulado para todos cuantos no podían dejar de sentirse extranjeros en cualquier otro sitio. Y yo puedo dejar el vaso alto y húmedo en la barra y encender un cigarrillo, y mirar ahora las viejas fotografías clavadas en un panel de corcho junto al equipo de música –suenan o sonaron, sucesivamente, Ray Charles, Goodman, Ellington, Billie Holiday, Lou Reed, Supertramp, Clapton-, estudiar esos momentos estelares del Loser, en blanco y negro o color, también hay fotos de los otros cuatro años, cuando se quedó Javier solo tras la barra, pero ésas no serán tenidas en cuenta, Javier venderá el Loser y se desprenderá de ellas, no de las otras, claro, venderá el Loser o lo vendió ya hace más de quince años, qué más da si no existió nunca y eso no impide que yo sonría apenas las teclas de un piano anteceden a la voz de Sinatra, She gets too hungry…, sonrío y sigo el ritmo con la cabeza, porque escrito está también que el Bogart de granito y cara pálida parecía torcer una sonrisa difícil si en los bafles sonaba “The lady is a tramp”, esa canción, concretamente. Y si alguien me preguntara: Oye, ¿y eso de Loser, qué es?, bueno, pues bebería otro trago y luego respondería a la manera de Flaubert, ya saben, cuando le preguntaron quién era Madame Bovary; diría: Loser c’est moi. Y ésa es la verdad. Ésa es la puñetera verdad.

Foto: Cafetín, c. 1997. JFH

11 comentarios:

Beatriz dijo...

Me quedo en tu Loser, si me lo permmites,escuchando a Sinatra y disfrutando con tu relato en donde cada frase me va dibujando escenas para una película. Es que las imágenes que vas describiendo logran que me atrape ese escenario tan bien conseguido.
Ha sido un placer encontrarte y disfrutar con tus palabras

Un abrazo y mi enhorabuena.

Francisco Machuca dijo...

Sinceramente me siento muy identificado con tus palabras y conceptos.Una atmósfera perfecta para los que amamos el jazz,Sinatra,tomar unas copas y fumar un cigarrillo impregnado de literatura y buen cine,¿se puede pedir más?

Marisa dijo...

El jazz de tus palabras acodado en un piano, y los fotogramas en blanco y negro de tu mirada me han transportado a ese lugar que todos conocemos pero nunca hemos visto, a ese espacio que como agujero negro nos engulle y nos recuerda la nada del exterior, a tu Loser, a nuestro Loser.

Me quedo en él.
Saludos.

Juan Herrezuelo dijo...

Gracias a ambos por volver. Hace ya varios años, el Loser me proporcionó muy buenos ratos, no acodado en su barra imaginaria, sino inventándolo para una novela que se llamó "El veneno de la fatiga". A la hora de ponerle nombre a esto que poco a poco va rodando, me acordé de aquel juego de arquetipos y lo reabrí. Y aquí estamos.

Humberto Dib dijo...

Hola, Juan, estoy visitando blogs que aparecen como seguidores de otros blogs amigos. De los que visite, éste me pareció muy bueno, voy a quedarme por aquí como seguidor, si me permites.
Si tienes ganas (sólo si tienes ganas), te invito a pasar por el mío.
Un saludo desde Argentina.
Humberto.

www.humbertodib.blogspot.com

Enrique Ortiz dijo...

Gracias por tu generoso comentario, Juan. Me ha dado mucha alegría leer que venía del autor de un soberbio libro (El veneno de las fatagias) que me conmovió hace ya algunos años. Enhorabuena, aunque sea tardía. Un saludo.

Juan Herrezuelo dijo...

Gracias a todos por pasar por este nuevo viejo-local. Dejaré siempre una luz encendida. Y gracias Enrique por las generosas palabras que le dedicas a mi novela.

Vuelo de noche dijo...

qué buen sitio, el Loser!! da para perderse escuchando a Sinatra y compartiendo momentos, los extranjeros de siempre, esos que en el mundo común y corriente no tenemos mucho que hacer. saludos desde Rosario, Argentina.

Marcos Callau dijo...

Esa es la verdad, Juan. Me encantaría compartir barra imposible de Loser a tu lado, sí señor. Hay pocos bares ( si es que hay alguno) donde se pueda escuchar "The lady is a tramp" por Frank y recordar a Bogart. Por eso necesitamos de lugares como este para recordarlos. Un abrazo.

Francisco Ortiz dijo...

Volver atrás, volver al lugar nunca abandonado, donde lo acogen a uno bellos sueños. Qué grande, Juan.

Miguel Sanfeliu dijo...

Una prosa tan hábil que me ha transportado a ese lugar y, a la vez, me ha hecho recordar sitios similares en los que uno pasó momentos entrañables.