sábado, 1 de noviembre de 2014

Parece que cicatriza, de Miguel Sanfeliu

«En cada uno de nosotros camina, llevando el paso con el que somos, el que quisiéramos ser», dice un personaje de Juan Marsé. Todos creemos que esta verdad nos afecta sólo a nosotros, y sin embargo es compartida al menos por esa inmensa mayoría de personas que no llegan a cumplir sus sueños de juventud pero tampoco dejan de seguir alimentándolos casi en secreto como una manera de permanecer amarrados en el puerto seguro de la realidad que conocen desde siempre. Es la gente que viene al Loser y se acoda en la barra y le cuenta o no algún episodio de su vida al barman. Entre ellos podría haber estado alguna vez Roberto Ponce, el protagonista de Parece que cicatriza, la primera novela de Miguel Sanfeliu, quien después de practicar la distancia corta en tres notables libros de relatos (Anónimos, Los pequeños placeres y Gente que nunca existió) se aventura ahora en el medio fondo narrativo con una historia intimista donde el anhelo de llegar a merecer una vida excitante ligada a la literatura es casi ahogado completamente por una insoslayable madurez rutinaria, y donde los hilos del humor se entretejen con los de la melancolía, la nostalgia, la tragedia o la contemplación siempre asombrada, generación tras generación, del cómo se pasa la vida.

Parece que cicatriza posee una sutil configuración de simetrías, en virtud de la cual ciertos personajes o circunstancias argumentales aparecen y reaparecen, más o menos modificados por el paso del tiempo, en distintas partes del libro (un concierto en una plaza de toros, un cuadro de una mujer solitaria, un desconocido dibujante sin nombre). Está estructurada en dos partes, con un breve inicio y un breve epílogo. La primera de esas partes, escrita acertadamente en primera persona, alcanza pleno sentido a medida que avanza la segunda, escrita, no menos acertadamente, en tercera: el barrio vagamente bohemio en el que un joven Roberto Ponce de diecinueve años se propone escribir y publicar, en el plazo de un año, una novela de éxito; la cofradía de náufragos del arte y de las letras a los que se vincula (un pintor loco encadenado infructuosamente a su vocación, un mal poeta inédito que acaba abriendo una taberna llamada «El Cubo de la Basura», un modesto cantautor callejero que no duda en traicionarse a sí mismo para medrar en la música); la desigual relación que mantiene con una prostituta, él tan ingenuo y enamoradizo, ella tan cara; el whisky barato y la cerveza para el desayuno y el mazo de folios casi sin usar, los tiempos muertos que le dedica a devanarse los sesos tratando de encontrar una idea sobre la que escribir, o a pasear, que son más prolongados que los que dedica a devanarse los sesos pero no tanto como los que le ocupan en maldecirse por su causa (este Roberto hace pensar en aquel escritor de páginas en blanco del que habla Don DeLillo, que escogía las palabras del mismo color del papel en que las escribía): esa parte, en fin, que se refiere a un periodo esperanzador de su pasado, establece los recuerdos a los que volverá años después, convertido ya en un hombre casado, en un oficinista más o menos atrapado en esa vida anodina que tan decididamente quería evitar, una vida llena de ese tiempo sin relieve del que escribió Luis Landero en Hoy Júpiter: tiempo «que no interesa ni al pensamiento ni a la acción, tiempo no vivido con singularidad, tiempo gris, donde la costumbre hace por adelantado el trabajo que es propio del olvido».

No es por casualidad que mencione aquí a Landero, pues las fantasías del protagonista de la novela de Sanfeliu le emparentan con muchos grandes personajes del escritor extremeño. Son fantasías que Roberto Ponce conserva algo atemperadas veinticinco años después de su breve aventura bohemia, pero que no han desaparecido. «La vida», le había dicho uno de aquellos atribulados artistas sin suerte de los que nada sabe desde entonces, «no es más que una ilusión muy larga que nunca llega a cumplirse». En el retrato de este cuarentón hipocondríaco en el que se ha convertido Ponce es donde Parece que cicatriza alcanza su mayor altura literaria: el atasco de tráfico camino de la oficina, el limpiacristales de semáforo, la dificultad para aparcar, el trato rutinariamente amistoso con los compañeros de trabajo, la mesa con papeles hasta arriba, la monotonía conyugal, su obstinada dedicación a la literatura en sus ratos libres, porque, aunque aún no haya dado con ese gran argumento, escribir es su vida, no un hobby, es una herida abierta, que parece, sí, que cicatriza, pero se trata solo una ilusión: «quien está herido de literatura nunca llega a curarse».

En esta segunda parte se acumulan los aciertos: en la descripción de cómo las aguas de la rutina laboral vuelven a aquietarse al poco tiempo de que la marcha de una de las personas que forman parte de ella las altere, en ese torpe flirteo de oficina, en la constatación de la fugacidad de la vida («Un día meto en la cama a mi hija de pocos meses, piensa Roberto, la dejo dormida y me voy a mi cuarto y, de pronto, escucho el ruido de unos tacones en su habitación y resulta que han pasado, de golpe, dieciséis años»), y sobre todo en la complicidad que establece con un cuadro rescatado del ahora sórdido local «El Cubo de la Basura», La Madeleine, de Ramón Casas: es ésta una escena que al lector le resulta particularmente emotiva, porque este cuadro actúa de algún modo como catalizador del mejor escritor en el que podría llegar a convertirse Roberto Ponce, y éste ni siquiera parece darse cuenta; es un momento casi fugaz, mágico, muy íntimo, con un brillante juego de reflejos y miradas y soledades.

Escribe Enrique Vila-Matas en Aire de Dylan que «pocas cosas parecen tan íntimamente vinculadas como fracaso y literatura». En cierto modo, el caso de Roberto Ponce (o el de quien esto escribe, sin ir más lejos) podría formar parte de ese Archivo General del Fracaso en el que trabaja el protagonista de esa novela de Vila-Matas, o del Museo de los Esfuerzos Inútiles que inventó Cristina Peri Rossi para un cuento (junto con el de aquel hombre que durante diez años intentó hacer hablar a su perro, o el de aquellos otros que emprendieron largos viajes en busca de lugares inexistentes, o el de Lewis Carroll, que se pasó la vida, dice Peri Rossi, huyendo de las corrientes de aire y acabó muriendo de un resfriado). Pero cómo dejar de escribir sin arriesgarse a perder la vida, cómo despedirnos para siempre del que somos realmente. Cómo renunciar a un sueño, cualquier sueño, sabiendo que con ello despertaremos convertidos en un desconocido. De eso trata Parece que cicatriza.

La Madeleine. Ramón Casas
"Sola en un local lleno de gente, mientras él, solo en una habitación 
llena de libros, la observa a través de una ventana en el tiempo". 
Miguel Sanfeliu. Parece que cicatriza. Editorial Talentura

11 comentarios:

Miguel Sanfeliu dijo...

Muchas gracias por esta atenta lectura, Juan. Un libro, en efecto, sobre sueños rotos, con un protagonista que sueña con ser escritor aunque no termina ningún proyecto.
Me encanta Luis Landero y agradezco su mención como posible influencia: ¡ojalá! En cualquier caso, lo tomo como un halago inmerecido.
Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

Enhorabuena por tu novela, Miguel. Ojalá tenga la suerte que merece. A mi también me gusta mucho Landero, desde aquellos primeros juegos de la edad tardía. Sus personajes tienen mucha vida dentro, como tu Ponce (apellido que para mí merece el más alto grado de respeto, por cierto, pero eso es ya otra historia).
Un abrazo.

Francisco Machuca dijo...

Esto no es una reseña. La misma palabra "reseña" nunca me gustó. Para hablar de un libro, una película, un tema musical, un cuadro, etc., hay que hacerlo de otra manera. Cómo lo diría... como desde dentro, con una experiencia personal entre el lector y la obra. Se cuenta cómo hemos llegado, cómo hemos sido atraídos, cómo entramos, cómo ha sido la experiencia y cómo hemos cambiando tras ella. Tu texto es hermoso, poético, enigmático, lleno de sabiduría y referencias (empiezas con Marsé y acabas en él), pero para escribir todo esto hace falta el soporte ideal y nada mejor que un libro de Miguel. Todavía tengo pendiente su lectura pero no se hará esperar. Tu texto y su novela son voces que se solapan desde la proximidad de dos grandes escritores.

Un fuerte abrazo para ambos.

Marcos Callau dijo...

La encuentro muy interesante. Intentar conseguir una vida excitante a través de la literatura, es más que un sueño. Gracias por la recomendación. Abrazos.

José Luis Martínez Clares dijo...

Desconocía la obra y al autor. Pero cosas como ésta: («Un día meto en la cama a mi hija de pocos meses, piensa Roberto, la dejo dormida y me voy a mi cuarto y, de pronto, escucho el ruido de unos tacones en su habitación y resulta que han pasado, de golpe, dieciséis años»), cosas como ésta, decía, son los miedos comunes de cualquier lector. Me ha hechizado. La buscaré. Abrazos

U-topia dijo...

No conozco al autor y compruebo que tienes la suerte de que intervenga en tu espacio y se acode en la barra del Loser.

Me gusta el tema de la novela de Ponce y me gustan las referencias literarias que vas mencionando: Landero, DeLillo, Peri Rossi...

Y me parece espléndido ese cuadro de Casas.

Un abrazo!!

U-topia dijo...

La novela de Sanfeliu, sorry!!!!

V dijo...

Hago mío el comentario de Laura....curioso el recuerdo a Peri Rossi de quien hace tiempo que no oigo hablar, ni como reseña de sus antiguos libros. Este no le he leido...pero leyendo tu evocador texto y con el beneplácito del autor no queda sino introducirnos por este pasadizo que nos propones y lanzarse a ver si la cosa cicatriza o no...un abrazo

abril en paris dijo...

Más lecturas que añadir a mi lista.
Necesito comprar tiempo..porque ganas..
¡Qué grande La Madeleine de Casas!Un referente en la pintura del modernismo.

Un beso, Juan

ethan dijo...

Has citado a Marsé y la primera parte de la novela me recuerda mucho a uno de los libros de Marsé. Supongo que es inevitable, como en el cine, acudir a lugares comunes cuando lees una novela o ves una película.
Saludos.

Horacio Beascochea dijo...

Más que interesante lectura. Invita a leer la obra, ¿se consigue en Argentina? Supongo que en algún caso, la literatura trata de reconstruir, repasar, sueños rotos.

Abrazo desde el sur